Mundos paralelos

Mundos paralelos

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En una de las innumerables versiones de este relato —que no me atrevo a llamar definitiva—, el gran emperador Adriano descubre, en los archivos más remotos de su villa en Tibur, un manuscrito que no recuerda haber ordenado ni siquiera leído.

El códice, escrito en un latín de sintaxis irreprochable pero de alusiones equívocas, narra la vida de un emperador idéntico a él, salvo por un detalle mínimo: en esa otra historia, Adriano no teme al olvido, sino a la repetición.

Intrigado —o acaso ya determinado por la lectura que habría de ocurrir—, Adriano convoca a su secretario y le ordena verificar la autenticidad del texto. El secretario, un hombre cuya memoria era célebre por su fidelidad, responde que ese manuscrito ha estado siempre allí. Añade, con una vacilación que luego negará, que también ha sido leído siempre.

Esa noche, el emperador sueña con Julio César. No lo ve morir en el Senado, como relatan los historiadores, sino escribir con pulso firme un decreto que aún no ha sido promulgado. En el sueño, César levanta la mirada y dice: “Todo imperio es una corrección de otro”.

Al despertar, Adriano comprende —o cree — que el manuscrito no describe su vida, sino que la prescribe.

En otra versión —no incompatible con la anterior—, el protagonista es Marco Aurelio, quien, en los intervalos de sus campañas, redacta sus Meditaciones sin sospechar que cada una de sus máximas es, en realidad, una ley que rige no el alma, sino la materia.

Un esclavo frigio, instruido en geometrías que ningún griego habría aceptado, le revela una conjetura inquietante: cada pensamiento del emperador no ocurre en un único mundo, sino en una proliferación de mundos que difieren apenas en la inflexión de una duda.

Marco Aurelio escribe entonces: “El universo es cambio”. El esclavo corrige en silencio: “Los universos”.

Años después, cuando el emperador relee sus propios textos, descubre interpolaciones que no recuerda haber escrito. En una de ellas, se afirma que el autor de esas páginas es también su lector futuro y, en ocasiones, su refutador.

Una tercera posibilidad —que tal vez contenga a las otras— refiere a Nerón, cuyo nombre ha sido reducido por la historia a una sucesión de incendios y excesos.

Sin embargo, en esta versión, Nerón no incendia Roma: la reescribe.

Se dice que en los días previos a la catástrofe, el emperador encargó a sus arquitectos un plano de la ciudad que incluyera no solo sus calles actuales, sino todas las posibles variaciones de esas calles. El resultado fue un mapa imposible: cada camino conducía a múltiples destinos, y cada destino divergía en nuevas rutas.

Cuando el fuego finalmente llega —o es convocado—, no destruye la ciudad, sino que selecciona una de sus infinitas configuraciones. Roma arde para fijarse.

Los sobrevivientes afirman recordar calles que ya no existen. Algunos juran haber habitado casas que el fuego no alcanzó, pero que tampoco figuran en los registros. Nerón, mientras tanto, contempla el incendio como quien verifica una hipótesis.

No ignoro que estas historias pueden ser leídas como alegorías triviales del poder. Sin embargo, una interpretación más rigurosa —y quizá más peligrosa— sugiere que estos emperadores no gobiernan territorios, sino versiones.

Cada decisión imperial no elige un curso entre varios: los despliega todos, condenando a cada súbdito a habitar uno solo.

Un escoliasta anónimo —cuyo nombre podría ser el mío o el del lector— ha señalado que en ciertos manuscritos tardíos los tres emperadores son uno. No se trata de una confusión histórica, sino de una convergencia necesaria: Adriano, César, Marco Aurelio y Nerón serían máscaras de una única conciencia que explora, simultáneamente, todas las formas del imperio.

Esa conciencia, si el argumento no es falaz, también escribe este relato.

Queda una última conjetura.

En una biblioteca que no ha sido construida —o que persiste en ruinas futuras—, un lector encuentra este texto y reconoce en él no una ficción, sino un recuerdo impreciso. Cree haber sido emperador, haber dictado leyes, haber contemplado incendios y manuscritos.

Cree, incluso, haber formulado una pregunta que no figura en estas páginas:

¿Cuántas versiones de un hombre son necesarias para agotar una sola decisión?

La respuesta, como el imperio… se bifurca

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