A las tres de la tarde el sol no perdona los errores de la realidad.
Dicen que el mundo solo se materializa cuando fijamos la vista en él… pero qué pasa cuando parpadeamos..
La senda bici con su asfalto negro, reluciente, cortaba el campo como una cicatriz perfecta. Eran las tres de la tarde, una tarde inundada de un tibio sol primaveral.
Cargaba dos bolsas, me disponía a tirar las basuras, me acerqué a los contenedores sintiendo el silencio de la tarde de domingo, de ese cuadro estático sin inaugurar, sin huellas, sin el menor rastro de vida.
En ese instante un ciclista giró junto a mí, el roce de los neumáticos contra el suelo, nítido, vestido de negro, casco aerodinámico, enfilaba decidido hacia la senda bici impoluta, aún sin estrenar, algo que los vecinos aguardamos con ansias, como quien espera que se cumpla un deseo.
Escuché el clic rítmico de la cadena, es cuando lo veo entrar con toda naturalidad por la abertura de la senda, no me miró, entró y simplemente se deslizó pedaleando con suavidad. Vi como su figura se recortaba contra el sol, avanzaba hacia el final con la confianza de quien no conoce los límites de la materia.
Me quedo mirando hipnotizada como va hacia el final del camino donde no es posible continuar; una valla infranqueable lo impedía, en una fracción de segundos estaría junto al obstáculo. Cuando una sombra larga proyectada por un árbol lo cubrió por un momento el ciclista se desvaneció, el universo entonces aprovechó para corregir su error. Cuando mis ojos volvieron a enfocar el final del trayecto el ciclista ya no era visible, al rozar el límite del camino cerrado su cuerpo pareció fundirse con el paisaje, se deshizo en el aire. La posibilidad de que estuviera allí se había colapsado, dejándome a solas con una tremenda incertidumbre.
Me quedé unos instantes tratando de reaccionar, luego mientras regresaba a casa sentía el peso inexplicable de lo sucedido. Me detuve buscando encontrar un sentido a lo que acababa de vivir, un escalofrío me recorrió el cuerpo, la senda seguía esperando el momento en que se decidiera su estreno. La realidad me golpeó de frente cuando compruebo que la puerta de la senda permanecía cerrada, hermética, el entretejido nuevo, brillante e intacto… sin más.
He trabajado años diseñando sistemas donde no se permitía ni un solo error, tal vez por una deformación profesional trato de asegurarme de que la lógica sea infalible, aunque no siempre es así.
Me quedé allí tratando de asimilar que el ciclista vestido de negro no había cruzado una puerta, sino una fisura en el tiempo y se hubiera quedado atrapado en otra dimensión.
Él seguía pedaleando en su domingo, mientras yo permanecía anclada en el mío y la puerta en este universo no se había abierto aún, o quizás él era un imposible, un error de la realidad,
en un mundo que aún no le había dado permiso de existir.
Mientras caminaba de vuelta a casa no podía dejar de pensar
si también me esfumaría al doblar la esquina..
Cuánto cuento cuántico
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