Alargo el brazo buscando su cuerpo, pero mi mano se adentra en el vacío de una cama por la mitad. Desesperadamente, trato de levantarme, pero mi cuerpo también es vacío. Puedo sentir mis manos, incluso moverlas; sin embargo, en su lugar solo hay un espacio hueco, negro, infinito. Muevo la cabeza para revisar cómo sigue mi alrededor y descubro que todo se mantiene igual que cuando nos acostamos ¿qué ha sucedido? ¿Por qué siento esa sensación extraña, esa opresión que me dice que yo no soy yo y que ella tampoco es ella?
Por fin logro darme media vuelta en la cama y confirmo que mi rostro sí es corpóreo, pues puedo distinguir mi nariz y sentir el aire frío que respiro. En el techo blanco flotan puntos negros que parecen estrellas intermitentes; varios de ellos se agrupan y alcanzo a apreciar con claridad la constelación de Sagitario. Por unos instantes tengo la impresión de que apuntan hacia una esquina de la habitación, pero, tras revisar con detenimiento, descubro que estoy equivocado, que quizá solo sea una idea mía.
Vuelvo a estirar mi mano ausente y toco el vacío. En la noche la sentí plena, aunque… No, a veces tengo la inquietud de no saber cuánto tiempo ha transcurrido; sin embargo, sí recuerdo que llegué a la casa a las siete de la noche, exactamente a las 7:16. Amalia estaba en la cocina y allí permaneció mientras sacaba las tazas del desayuno y el almuerzo de mi bolso. Cuando llegué a la cocina ya no se encontraba allí. Escuché sus movimientos en el cuarto principal y fui a buscarla para saludarla, pero al llegar tampoco la hallé.
Probablemente la he estado imaginando. No, recuerdo claramente su rostro durante la cena, era una superposición de rostros. Según la ubicación, la podía conseguir triste, alegre, molesta, nostálgica… Nunca he sabido descifrar cuál es el rostro que corresponde a cada momento, quizá por eso siempre me ha reprochado que no la entiendo.
Extiendo nuevamente mi brazo y toco algo que parece ser el fémur. Su flacidez me recuerda la mía. En otros tiempos mi vigor podía olerse incluso a varios metros de distancia. Ahora… En la esquina hacia donde creí que apuntaba Sagitario hay un pequeña bolsa de tela marrón. Recuerdo que Amalia me la hizo después de haberle comentado que necesitaba algo donde guardar mis papeles importantes sin que luego olvidara dónde los había resguardado. Ella apareció con aquella pequeña talega y la colgué justo en ese lugar, de donde más nunca la moví. Ya no recuerdo lo que contiene.
Muevo la mano hacia arriba y hacia abajo buscando otro detalle conocido, pero es inútil. ¿Cuántas cosas inútiles he tenido o he hecho en mi vida? Seguramente demasiadas, como pretender que mis hijos se quedaran a vivir en casa con sus esposas o que Amalia fuera más cariñosa conmigo… A estas alturas ya no tiene ningún sentido pensar en eso.
Terminamos de comer en silencio y de esa misma forma nos levantamos de la mesa. Las palabras ya no son parte de nosotros, sus ojos y los míos han creado una nueva manera de comunicarse sin que sepamos cómo. No obstante, ahora que lo pienso, creo que tampoco logré entender con claridad lo que decían sus ojos. Seguramente todo aquello era una disimulo de mi ausencia y mi dejadez y ella solo soportaba, quizá yo fui cavando ese vacío con cada falta, con cada grito, con cada desplante.
La talega de la pared se abre sola y de ella salgo yo hecho de papel, me descompongo en cientos de pedazos y cada uno termina en los puntos de Sagitario, pero no sucede absolutamente nada, todo permanece igual a excepción de mí, que ya no puedo sentir que respiro ni divisar mi nariz, aunque sí siento que puedo registrarlo todo, soy la nada contemplándolo todo; soy la nada encontrándome conmigo mismo acostado en una media cama, cuya otra mitad es otra nada que me refleja cual espejo, pero que no soy yo ¿es Amalia? Muchas veces nos prometimos acompañarnos hasta el fin del mundo ¿a esto se refería? ¿Es esto el fin del mundo? Arriba de mí, varias luces titilantes se juntan para formar la figura de Sagitario y apuntan hacia una bolsa de tela donde estoy yo, donde otro yo agarra la bolsa y sale con ella en el hombro ¿acaso ese yo sabe que me lleva a mí mismo en su hombro y que yo mismo me veo desde la nada y la nada me refleja sin ser precisamente yo?
Cierro los ojos para controlar el mareo y tratar de comprender un poco la situación. Empiezo a asimilar por qué desde hace algún tiempo me sentía otro, incluso múltiple. Pero a lo mejor estoy divagando. Estiro la mano y toco el cuerpo de Amalia, inmediatamente me levanto y lo confirmo; sí, es la Amalia de siempre, la que tiene más de cuarenta años conmigo. Desanimado, diviso mi lugar en la cama y mi cuerpo en él, aquel abre los ojos y me sonríe, ella abre los ojos y me sonríe. Yo también les sonrió, y me desaparezco.
Cuánto cuento cuántico
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