La única experiencia que no he vivido

La única experiencia que no he vivido

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Respetable consejo, hoy vengo a hablar con ustedes de una situación que me molesta de manera constante durante los últimos trescientos años, Dentro de poco cumplo mi primer milenio, no se levanten, les pido que guarden sus felicitaciones. A mis novecientos setenta y cuatro año me siento sobrepasado. Vivo en un tiempo ajeno para mí. Entiendo que la mayoría de ustedes adoran esta época. Desde que los científicos y médicos encontraron la manera de disminuir la descomposición de los cuerpos y, unos cientos de años más tarde, desarrollaron la capacidad de sintetizar cuerpos orgánicos capaces de albergar la conciencia, la vida se ha vuelto más contemplativa.

Mi único deseo es tener su permiso para suicidarme, antes de que alguien ponga el grito en el cielo, déjenme explicar por qué la vida es simple y llanamente absurda. Desde que he sobrepaso el medio milenio solo puedo decir que un vacío invade mis entrañas. Me permito llamarlo: insatisfacción. Una palabra que me confirma las sospechas que tengo sobre la verdad de la vida. La vida es inútil.

Mi actividad favorita es la lectura, no requiero mucha energía para realizarla y siempre, pero siempre puedo hacerla donde más me plazca. Leo sin cansancio miles y miles de libros, incluso releo libros una y otra vez hasta alcanzar las 200 relecturas, me gusta asegurar que ningún detalle se me paso. Siempre que leo busco la reflexión, el cuestionamiento, el análisis, plantear en mi cabeza la pregunta que el autor prepara para su lector. Pero aún así, el camino siempre me lleva a una sola respuesta. El suicidio. Una infinidad de gente me llama insensato, crédulo hasta imbécil cuando escuchan mi opinión sobre los parques y cafés para filosofar, no encuentro ningún disfrute en ellos, todos están repletos de la misma gente que repite las mismas ideas y cuando son distintas apenas se notan los matices.

Las personas que nos acompañan mantienen la apariencia de sus cuerpos congelada en sus veinte años, o en sus treinta, excepto, el consejero L., el más atrevido de todos, quien mantiene su cuerpo con una apariencia de cuarenta años. Las primeras arrugas de su piel y una que otra cana huérfana lo dejan con un aspecto que todos los demás consejeros pueden considerar avejentado, sobre todo, por su cabello que recién canoso que parece estar lleno de hollín. Yo me permito envejecer cada cien años como si fueran cien, miren mi cabello, está platinado como largas cuerdas de metal y mi piel está más cerca de ser un campo recién surcado que la tierra virgen que ustedes tienen. Pero, aunque mi exterior se ve acabado, mi interior sigue igual. Mis músculos son fuertes y resistentes. Me sostienen en mis largas caminatas, en mis pasatiempos donde tengo que cargar enormes y pesados objetos y en cada ocasión que cargo a mi esposa cuando la llevo a cruzar el marco de nuestra puerta.

No pienso robar más tiempo de ninguno de los presentes. Pero, debo externar mis últimas molestias, que se dirigen a las simulaciones laborales; una invención para evitar el aburrimiento, para que todos puedan experimentar lo que era trabajar en «el viejo tiempo». Yo siempre lo digo y lo sostengo: «son actividades sin sentido. ¿Qué sentido tiene la carrera construida por mí hace cien años, o el edificio en el que participe hace trecientos años? ¿Qué sentido tiene? Si cuando terminamos con ellas las derriban y preparan el terreno para que los siguientes hagan su propia construcción, su propia calle, su propio edificio. Aquí, lo único que se construye y no se rompe es lo que construyen los Autómatas.

Lo último que quiero hacer en esta sesión es sonar o parecer grosero frente a mi familia que hoy me acompañan. Porque ni siquiera mi labor como padre me salva de sentir ese vacío en las entrañas. Sesenta hijos e hijas me acompañan hoy, algunos con esposa y otros solo con hijos. Hasta día de hoy sigo dándoles consejos, enseñanzas, consejos de padre para sus propios hijos. Y aun así, a pesar de verlos sonreír; sus cumpleaños, las fiestas de años nuevo, las cenas de navidad, el día de reyes, todas y cada una de ellas me provoca un retortijón en las entrañas.

Por ello, solicito que el sabio consejo deje que me suicide. Dejen que ese vacío en mis entrañas se vaya, déjenme experimentar la única cosa que no he vivido, la muerte.

Me levanto del escritorio de mi estudio, mi declaración queda perfecta, siento por primera vez que, en cuatrocientos años, escribo las palabras más convincentes de toda mi vida. El consejo no puede ignorar un discurso como este, es perfecto. Ni siquiera mi nieto en el consejo, mi nieto más querido que lleva mi mismo nombre, Lorenzo, se puede oponer. Hoy sé que es mi momento, en esta ocasión, mi suicidio sucederá. Miro la fecha del calendario, veintiuno de abril del tres mil cuarenta y seis, las misma fecha de mi última visita al consejo hace quinientos años.

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