No recuerdo haberme entregado al sueño… me despierto como si una voluntad ajena lo hubiera decidido por mí. Tardo en advertir que no conservo memoria alguna… sin embargo, me inquieta la certidumbre de haber vivido ya este mismo despertar. Me invade una pereza que no es del cuerpo sino del tiempo, como si los instantes se repitieran con una fidelidad sospechosa. Miro a mi alrededor, estoy en un auto que no reconozco, sentado en el asiento del acompañante. No sé desde cuándo estoy, ni por qué. No hay nadie más. Solo yo. El vehículo está cerrado y estacionado junto a la acera. Hay un coche delante y otro detrás, perfectamente alineados; todo parece normal y, sin embargo, no entiendo nada. ¿Qué hago acá?

Otro automóvil se detiene, no sin cierta deliberación, junto al que precede al mío. La maniobra, trivial, adquiere pronto un carácter inquietante: se alinea con exactitud geométrica y comienza a retroceder con una parsimonia que no es del todo mecánica, como si obedeciera a una voluntad más antigua que la de su conductor. Luego gira hacia mí —o hacia lo que creo ser yo—, sin advertir mi presencia ni la del auto involuntario que habito.

Me asalta una duda que ya no es práctica sino ontológica: ¿me ha visto?, ¿puede verme?, ¿o acaso intenta ocupar un lugar que ya está, de algún modo, ocupado por mi presencia? Grito —o creo gritar— una advertencia que repito con urgencia creciente:

—¡Eh, señor, deténgase! ¡Me va a chocar!

La voz, sin embargo, carece de efecto. Parece no llegar, o llegar deformada, como si atravesara un medio impropio. El otro automóvil persiste en su avance, y lo que ocurre entonces desmiente todas las leyes que hasta ese instante había considerado firmes: no hay colisión, no hay estrépito, ni siquiera un leve temblor que anticipe el impacto.

Comprendo —o empiezo a comprender— que el espacio que ocupo no le ofrece resistencia alguna. El vehículo ajeno no me rodea ni me aparta: me invade. Se introduce en el ámbito preciso donde estoy, como si mi cuerpo, como si la materia entera de este automóvil, fueran apenas una conjetura, un simulacro tolerado por alguna distracción ─o broma─ del universo.

Ahora coexistimos en la misma porción de espacio, superpuestos sin contacto, ajenos a toda fricción. Me descubro junto al conductor del automóvil invasor. La proximidad, que en otro tiempo hubiera juzgado intolerable, carece aquí de toda consecuencia física. El hombre viste con una corrección casi ceremonial: saco oscuro, corbata austera, un rostro severo que parece haber sido fijado por una costumbre más que por una emoción. De pronto, ejecuta un gesto que interpreto como dirigido hacia mí. Extiende la mano en mi dirección con una precisión que no admite vacilaciones.

—¡Eh! ¿Qué hace?

Mi protesta, si ha ocurrido, no altera en nada la escena. La mano atraviesa el ámbito de mi pecho con la misma indiferencia con que antes su automóvil atravesó el mío. No hay contacto; no hay siquiera la posibilidad del contacto. Prosigue su trayectoria y abre la guantera, de la que extrae unos anteojos con un ademán casi ritual, como si ese objeto fuera indispensable para confirmar una realidad que, para mí, ya se ha vuelto sospechosa.

No me mira. O, más precisamente, no puede mirarme. Estoy excluido de su campo de percepción… Comprendo: su indiferencia no es desdén, es imposibilidad.

Lo observo con un terror que no se justifica en el peligro, sino en la revelación. Empiezo a conjeturar que no soy yo quien ha sido invadido, sino quien ha quedado afuera; que este hombre, tan sólidamente inscrito en su mundo de gestos y objetos, pertenece a un orden más firme que el mío.

El hombre abre la puerta, desciende con una calma que juzgo deliberada, la cierra y se aleja sin prisa, como si obedeciera a un designio que no me es dado comprender. Pienso en seguirlo —o al menos en salir, que acaso sea lo mismo—, pero una languidez invencible me lo impide; siento, con una certidumbre que no alcanzo a explicar, que me hundo en un sopor profundo que ya es casi olvido.

* * *

No recuerdo haberme entregado al sueño… me despierto como si una voluntad ajena lo hubiera decidido por mí. Tardo en advertir que no conservo memoria alguna… sin embargo, me inquieta la certidumbre de haber vivido ya este mismo despertar…

Votación a partir del 01/05

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS