Acudí a la parada de ómnibus con el oprobio de la cotidianidad y la insignificancia, duro trámite que atravieso en la tarea de dignificarme con un oficio y acortar la distancia que me diferencia de él. Tras de mí, un enjuto chafarote me observaba como el inequívoco signo de un desmán en ciernes; aunque pudo ser una apreciación prejuiciosa, no soy inmune al determinismo social que condiciona el juicio de los hombres.

Ocupamos espacio en solemne y frontal silencio que solo rompió mi apuro de cordialidad frente a la opresión de su mirada.

    – Buen día – dije yo, fingiendo impavidez.

    – Buenas, ya no es día sino tarde. – respondió con tranquila soberbia. – Son las doce y un minuto. – Comprobé su impertinencia en mi reloj de pulsera y advertí un error, faltaban dos minutos para el mediodía.

    – Bueno, digamos que estamos en el cénit. No merece establecer una discusión lingüística por una cuestión astronómica. – Mi ánimo de conciliación contrastó con su expresión ceñuda, no parecía haberlo convencido.

    – ¿No le parece lo suficientemente serio fijar la precisión temporal en torno al Sol? Si su ojo inquisidor se lo permite, podrá apreciar cómo la sombra del poste – indicó hacia la señal que marcaba el lugar de recogida – actúa como gnomon y se superpone sobre la vertical de la acera. – He de admitir que tenía razón en su observación, aunque mi copernicano interlocutor se equivocaba de oponente dialéctico.

    – Por supuesto que no, me refiero a que no hay que rebajar el concepto temporal a la percepción de lo sensible. – Rebatí, queriendo mantenerme en una postura pragmáticamente cronocentrista.

    No era la primera vez que se me planteaba ese dilema, había estudiado la epigrafía de los templos de Lakam Há y los escritos de Diego de Landa sobre el calendario Haab, que acusaba al heliocentrismo de tratarse de una forma de neopaganismo. Siempre defendí que aquello probablemente impulsó el auto de fe de Maní, aunque los académicos cristianos ortodoxos se empeñen en que fue una purga bélica en respuesta al salvaje sincretismo de los indígenas. Es una tesis difícilmente sostenible, pues por la misma época ardía en la hoguera Filippo Bruno, acusado de herejía por el antipapa Clemente VIII, a pesar de la simpatía de sus creencias y su pertenencia a los dominicos. Por todo ello, era plenamente consciente de que el germen primigenio de la concepción del tiempo había empezado siendo un dilema metafísico, intrínsecamente cualitativo, pero entendía que establecer un orden en torno a la luminancia suponía caer en la anomia.

        – Debo suponer que usted pertenece al dogma de los meridianos, ingenuamente adscritos a las coordenadas dictadas por la tecnocracia de la modernidad. – Dijo, con una sonrisa de suficiencia. – Aún es objeto de debate el establecimiento del punto cardinal, si en los meandros del Támesis o en las orillas de Orchilla. Ptolomeo nunca imaginó que sus bocetos de la ecúmene se verían profanados por los intereses comerciales y la ordenación de las travesías.

        – Entonces dígame, ¿usted qué suele utilizar para organizarse: la clepsidra, el reloj de sol, los astrolabios…? – repuse, en un intento por minimizar mi exasperación; si bien su planteamiento me resultaba prometedor.

      En ese momento me retiró la mirada y la fijó en el horizonte en una búsqueda concreta por definir su pensamiento o, acaso, conferirle coherencia a su teoría.

          – La eternidad. – Contestó, después de un espacio de tiempo que se me antojó un abismo.- Resulta imposible establecer una ley sobre algo que no es tangible. Piense usted mismo cuan acortado lo ha ido percibiendo a lo largo de su vida. He ahí donde los astros juegan un papel fundamental, son los testigos del inicio y los jueces del fin. Nosotros que observamos, solo nos limitamos a establecer la cadencia de las repeticiones a través de su órbita. Me rijo por esa sucesión eónica, eventualmente rota por la lucidez del kairós.

          – ¿El kairós? – pregunté, aguardando su revelación.

          – Sí –  añadió, observando cómo la sombra del poste se deformaba con la trayectoria del Sol – la liberación del tiempo secuencial, donde todo sucede y todo cobra significado.

          Aquella idea me hizo rememorar el concepto que compartió conmigo un viejo bibliotecario que trabajaba como archivero en los arrabales del sur. Me dijo, con ese tono impersonal que precede a los testimonios trascendentales, que aseguraba haber entrevisto la existencia de un lugar que abarca todos los lugares de la tierra, todas las luminarias, todas las lámparas y todos los veneros de luz. En aquel entonces me pareció una ocurrencia, pero me vino a la conciencia la mera posibilidad de que tal verdad violara cualquier orden cósmico y cualquier estado de la percepción.

             – No creo que resulte pragmático ese entendimiento. –  Contesté, con inflexión dubitativa – Si algo nos ayuda a diferenciarnos de las bestias, es la capacidad de establecer lo cuantificable. Coincido en que no será una forma absoluta, puede ser incluso cuestionable, pero ¿qué otra certeza nos queda en este laberinto de posibilidades e infinitos?

            Volvió a mirarme entonces, sabiéndose dueño de un conocimiento que yo posiblemente ignoraba, y coincidiendo con la llegada del ómnibus, me preguntó:

                – ¿Acaso no nos encontramos siempre, en un mismo instante, en este mismo lugar?

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