De vez en cuando sin poderlo evitar, giraba mi cabeza hacia la ventana rectangular que tenía a mi lado derecho, no sé porque, pero lo estuve haciendo intermitentemente a estas altas horas de la noche, mientras me encontraba trabajando en mi PC; paradójicamente siempre tenía las persianas abiertas cuando oscurecía, mientras que en plena luz del dia las tenía completamente cerradas. ¿Qué esperaba ver a esas horas? Tampoco lo sabía, si le agregamos el hecho que vivía en la planta alta de un complejo de departamentos, no es que fuese a ver a niños jugando yendo y viniendo por ahí o simplemente a cualquiera pasando por mi ventana, si quisiera ver algo de movimiento solo me podía limitar a la acción de mis vecinos a través de su ventana que estaba alineada a la misma altura que la mía a unos siete metros de distancia.
Sin embargo, al alzar la vista hacia el complejo de enfrente, el fenómeno traicionó a la lógica, Allí, tras el cristal gemelo de mi ventana, una silueta marcada contra el resplandor de un monitor desafiaba la ley de la gravedad con una naturalidad espantosa. Estaba de perfil, absorta en un estudio idéntico al mío, pero su eje vertical se había invertido: sus pies apuntaban al techo y su coronilla descansaba sobre el vacío de un suelo invisible. No era un reflejo, pues sus manos se movían con una espontaneidad ajena a mis propios gestos. Eramos solo mi vecino invertido y yo, cada quien, en su departamento separados por un vacío. En ese instante, comprendí que, si el hombre es la medida de todas las cosas, el hombre de enfrente acababa de instaurar una medida nueva, una antilogía viviente que convertía mi realidad en el argumento más débil de la noche.
El aire en la habitación se volvió espeso, Al otro lado del abismo que separaba nuestros complejos de departamentos, la silueta no solo estaba invertida; parecía habitar una física propia, una que se burlaba de mi percepción y sobre todo de mi equilibrio.
Sentí una punzada en la boca del estómago, un vértigo nauseabundo que me subía por la garganta. Ver a ese otro ser tecleando con los codos hacia arriba, con la sangre que jamás bajaba a su rostro, me hizo sentir que mi propio suelo se volvía de papel. Mis dedos, aferrados al borde del escritorio, se pusieron blancos, era un martillazo contra mi percepción.
De pronto, la silueta se detuvo. No se giró del todo, pero sentí que su atención se desplazaba hacia mi ventana, de la misma manera que yo lo había hecho momentos antes. El silencio del departamento se volvió ensordecedor, roto solo por el ruido blanco que emanaba del ventilador que pendía del cielo dentro de mi estudio, que amenazaba con ceder ante una gravedad que ya no me parecía segura. Era como si el espacio se estuviera retorciendo. La distancia entre nuestras ventanas se convertía en un vacío infinito donde las leyes del mundo se deshacían.
Me levanté, pero mis piernas no reconocían la extensión del suelo; cada paso era una lucha contra un vértigo que tiraba de mis entrañas hacia el techo. Me arrastré hasta el ventanal, con la palma de la mano extendida como quien busca el límite de una jaula. Al tocar el vidrio, el frío no fue una sensación térmica, sino una descarga eléctrica que recorrió mis nervios: el cristal vibraba con una frecuencia disonante, un zumbido que parecía emanar directamente de la silueta de enfrente.
Entonces, el ser dejó de teclear. Sus dedos largos y pálidos se despegaron del teclado con una lentitud calculada. El cuello de la figura terminó su rotación con un chasquido seco que pareció vibrar en mis propios huesos. No era un rostro lo que buscaba mi mirada, sino la verdad que esa silueta invertida sostenía frente a mí. Sin apartar sus ojos de los míos—unas cuencas que desafiaban la presión sanguínea permaneciendo pálidas—, la silueta estiró un brazo hacia el monitor y, con una lentitud que convertía el tiempo en una tortura, giró la pantalla hacia el vidrio.
«El espacio es solo la forma de tu propia cárcel.»
De pronto, la figura apoyó su palma contra su lado del vidrio, exactamente donde estaba la mía. El frío que sentí no era de hielo, sino un vacío absoluto, como si el mundo de afuera hubiera dejado de existir.
Un silencio absoluto devoró el ruido de la ciudad. El suelo bajo mis pies dejó de ser una certeza; sentí un tirón violento en el centro de mi pecho, como si el eje del universo hubiera pivotado sobre el cristal que nos separaba.
Primero fue el libro. La Crítica de la Razón Pura se elevó de la mesa con una elegancia espectral, sus hojas aleteando como las alas de un pájaro moribundo hasta golpear el techo con un golpe seco. Luego, mi café. El líquido oscuro escapó de la taza en esferas perfectas que ascendieron, desafiando toda experiencia posible, para manchar el yeso blanco sobre mi cabeza.
Mis rodillas cedieron, pero no caí hacia abajo. Mis manos se aferraron desesperadamente al marco de la ventana mientras mi cuerpo, traicionado por su propia masa, comenzaba a flotar hacia el vacío superior. El mundo se estaba reconfigurando: el techo era ahora mi abismo y el suelo un cielo inalcanzable de madera pulida.
Al otro lado, la silueta no se movió. Seguía allí, impasible, observando cómo mi habitación se convertía en el espejo exacto de la suya. La armonía preestablecida de Leibniz se revelaba de la forma más cruel: no éramos dos seres distintos, sino dos mitades de una misma ecuación que por fin se equilibraba.
Con la sangre agolpándose en mis sienes y mis pies rozando las lámparas del techo, miré por última vez la pantalla del extraño. El texto había cambiado. Ahora, en un parpadeo de luz azul, solo se leía una palabra que parecía la conclusión final de su dissoi logoi:
“Equilibrio”, “Como es Arriba, es Abajo”.
Cuánto cuento cuántico
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