La primera vez que Julián notó el fallo en la estructura de lo real, no fue con una explosión ni con un evento catastrófico. Fue con una moneda de un bolívar que se quedó girando sobre la mesa del comedor durante tres horas. La moneda no caía ni de cara ni de sello; era un destello plateado, un zumbido constante que desafiaba la gravedad y el sentido común. Julián la observó hasta que los ojos le ardieron, comprendiendo que el mundo había dejado de tomar decisiones por él.
Desde ese día, su apartamento en La Guaira se convirtió en un laboratorio de lo imposible. Al despertar, Julián debía enfrentarse a la «neblina de probabilidades». Si no miraba directamente su reloj, eran simultáneamente las seis de la mañana y las diez de la noche. El tiempo se había vuelto un acordeón que solo se cerraba cuando él fijaba la vista en un punto concreto.
—Es el colapso de la función de onda, Julián —se decía a sí mismo mientras intentaba prepararse un café que, en una versión de la cocina, ya estaba servido y, en otra, ni siquiera existía en la alacena.
A medida que pasaban los días, el fenómeno se extendió a la calle. Caminar hacia la parada del autobús era un acto de equilibrismo cuántico. Julián veía a los transeúntes como ráfagas de colores superpuestos. Veía al vecino paseando a un perro que era, al mismo tiempo, un gran danés y un chihuahua. Si pestañeaba rápido, podía ver las dos versiones conviviendo en el mismo espacio, ocupando la misma materia, hasta que su cerebro, agotado, elegía una para no volverse loco.
El verdadero problema surgió con Elena. Ella siempre había sido el ancla de su mundo, la única constante en una vida de dudas. Pero ahora, Elena era una ecuación sin resolver.
Se encontraron en la Plaza Bolívar, bajo un sol que quemaba y una lluvia que refrescaba, dependiendo de hacia dónde mirara Julián. Elena estaba sentada en un banco. Llevaba un vestido rojo. No, era azul. No, era una blusa blanca y jeans. Julián se detuvo a diez metros, aterrado. Sabía que en cuanto se acercara y le hablara, obligaría al universo a elegir una sola Elena. ¿Y si elegía la versión que ya no lo amaba? ¿Y si elegía la versión de Elena que estaba a punto de decirle que se mudaba a otro país?
—Julián, pareces un fantasma —dijo ella. Su voz vibró con tres tonos diferentes.
—Tengo miedo de que dejes de ser todas las posibilidades, Elena —respondió él, acercándose con pasos cortos, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies vibraba entre el cemento sólido y la arena movediza.
—No puedes vivir en el «quizás» para siempre —dijo la Elena de rojo/azul/blanco—. La vida solo ocurre cuando te atreves a observar un solo resultado. El resto es solo ruido de fondo.
Julián miró a su alrededor. El mundo era un caos de potencialidades. Vio aviones que despegaban y aterrizaban al mismo tiempo en el horizonte del aeropuerto. Vio edificios que eran ruinas y rascacielos nuevos. La libertad de tenerlo todo lo estaba asfixiando. La física cuántica, que antes le parecía un concepto abstracto en sus libros, se había convertido en una prisión de incertidumbre.
Se sentó al lado de Elena. En ese instante, sintió la presión del aire cambiando. El «cuánto» de energía que mantenía las realidades paralelas empezó a agotarse. El universo exigía una definición.
—Si elijo este momento —susurró Julián—, ¿qué pasa con todos los otros «yos» que pudieron ser felices de otra manera?
—Esos otros «yos» no son tu responsabilidad —respondió ella, y por un segundo, su imagen se volvió nítida. Sus ojos eran cafés, claros y decididos—. Tu única responsabilidad es estar presente en la versión que elijas construir.
Julián cerró los ojos. Por un momento, se permitió imaginar todas las vidas que no viviría. El Julián que era un gran arquitecto en Caracas, el Julián que viajaba por el mundo, el Julián que nunca había conocido a Elena. Los vio a todos como si fueran fotogramas de una película proyectada a toda velocidad. Eran hermosos, eran tristes, eran infinitos.
Luego, con un suspiro que pareció mover los cimientos del cosmos, estiró la mano y tomó la de Elena.
El efecto fue inmediato y violento. Un trueno seco resonó en sus oídos, aunque el cielo estaba despejado. Las imágenes superpuestas de la plaza se fundieron en una sola con la rapidez de un imán atrayendo limaduras de hierro. El perro del vecino se convirtió en un mestizo mediano. El vestido de Elena se volvió definitivamente verde esmeralda. El café que Julián no se había tomado por la mañana le provocó un vacío repentino en el estómago.
El azar se había rendido ante la voluntad.
—Vaya —dijo Julián, mirando sus propias manos, que ahora eran sólidas y únicas—. Se siente… pesado.
—Se llama realidad, Julián —sonrió ella—. Bienvenida sea.
Caminaron juntos por la calle, y Julián notó que la moneda de su casa finalmente había caído. No sabía si era cara o sello, y ya no le importaba. El misterio del universo no estaba en cuántas cosas podían pasar, sino en el valor de hacer que pasara solo una. El contador cuántico se había detenido, y por primera vez en mucho tiempo, el futuro era una hoja en blanco, no una sopa de partículas en desorden.
Al llegar a la esquina, Julián miró hacia atrás. Por un breve segundo, creyó ver una sombra borrosa de sí mismo saludando desde otra dimensión, pero no se detuvo. Siguió adelante, disfrutando del sonido de sus propios pasos sobre un suelo que, por fin, era completamente suyo.
Cuánto cuento cuántico
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