No estoy completamente seguro, pero creo que acabo de morir.
¿Lo bueno? Mis dos más grandes sueños se han cumplido: por un glorioso lado, Boquita campeón. Por el otro, y no menos glorioso, al apenas abrir los ojos me he encontrado cara a cara con Borges. Con Borges, o quizás con el otro, no lo sé. Como tampoco sé aún si me ha tocado infierno o cielo.
Solo sé que, después de mi desbocado alarido tras aquel supergolazo de último minuto (en cancha gallina y en tiempo suplementario, que se entienda bien la emoción del momento) y de esa incompetente medida de delicioso whisky con la que he intentado —sin éxito, claro— hacer volver mi alma al cuerpo, es indudable que mi espíritu o como sea que se llame solo puede haber ido a parar al paraíso. Por eso, claro está, heme aquí con Borges. O con el otro.
Sin embargo, algo no encaja.
Puestos a analizar, los hechos son los siguientes:
1. Boca Juniors se consagró campeón de la Libertadores.
2. Sin duda, estoy aquí con Borges (lo estoy viendo, conversamos incluso).
3. Mi sentimiento: felicidad absoluta.
Estos datos indican que irrefutablemente (ahora sí, comprobado) estoy en el paraíso.
Pero también tengo estos otros e intrigantes puntos:
1. Borges, pobre hombre, departiendo aquí, conmigo… Convengamos en que no soy Schopenhauer.
2. Borges detesta el fútbol.
3. ¿Que qué siente? Bueno, no me lo ha expresado abiertamente, pero por el resignado tono de su voz y la evidente amenaza en el vaivén del báculo que, cada vez menos indeciso, ha silbado ya unas dos veces cerca de mi cabeza, intuyo que el maestro ha abandonado cualquier mínima esperanza y se encuentra pasando ahora mismo de un vana indignación a un tedio irremediable.
Ergo, siguiendo una lógica, Borges (o el otro), obligado a hablar conmigo ad aeternum sobre cada minucia del campeonato (y no, no puedo evitar el relatar una y otra vez aquel golazo épico) debe de estar, sin duda, en el mismísimo infierno.
Yo, en el cielo. Borges, en el infierno.
Caramba.
Comienzo a vislumbrar, no sin cierta sorpresa, que al final tenía usted razón, Borges, en aquello de que es posible que cielo e infierno convivan en un mismo espacio. Pero no solo eso, y esto es lo que ahonda mi desconcierto: mi muerte acaba de agregar una nueva instancia a aquel magistral cuento suyo: de pronto, sucede que no solo a los equipos de fútbol, sino que hasta a los personajes se les está permitido paladear el exquisito sabor del triunfo en la revancha.
Muy bien. La muerte se pone interesante… Por el momento, así ha quedado ahora la tabla de posiciones:
Melanchton 1 – Georgie 0
Veremos. Esto recién comienza.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS