Nadie camina solo hacia el futuro; nos acompaña la suma de los hechos que hemos sido. Lo que nos marcó no es un paisaje que se borra en la distancia, sino la raíz invisible que sostiene nuestra propia historia.
En el hospital.
—Aquel día —recuerdo ahora con precisión— yo había entregado una suma considerable al hombre que servía de enlace con el ejecutor. Meditaba sobre mi destino cuando sentí un toque en el hombro. Al girar, me encontré con Leo, quien me ofrecía la misma sonrisa que el tiempo ha devuelto en mi rostro.
—¿Te refieres al día en que lo conociste?
—Exactamente, en aquella coyuntura. ¿Puedo seguir hablando al respecto?
—Sí, continúa, te estoy escuchando con atención.
—Aunque tengo la certidumbre de no haber estado en ese sitio. ¿Cómo podría desconfiar de mi memoria? —me había dicho Leo ayer, antes de la tragedia, cuando evoqué aquel episodio de hace veinte años. Y le respondí que en su naturaleza las coexistencias no eran extrañas, y que la pregunta admitía múltiples respuestas.
Ahora pienso que, entre todas, acaso la más firme sea lo trascendental de ciertos lugares, donde aquel que interroga persiste más allá de su propia ausencia.
La voz de la enfermera interrumpió mi diálogo con Elías. Sentí el aroma del lino limpio y el roce de sus manos al retirarme el vendaje. Luego, el frío metódico de las gotas en mis ojos. Nos advirtió que el tiempo de la visita expiraba. Al cerrarse la puerta, la voz de Elías regresó desde la penumbra.
—¿Persisten esos encuentros con Leo, ahora que lo ha alcanzado la muerte?
—Por supuesto, en cualquier momento. La muerte es un hecho físico, pero su presencia es una forma de la memoria que habita cada rincón. Su ausencia no es un vacío, sino un espejo cóncavo donde la memoria fragmenta su imagen en mil reflejos, o en tantas versiones como las que yo mismo fui dejando en el camino.
Elías, con una voz que llevaba el dolor de lo inefable, siguió insistiendo en lo evidente. —¿Sientes que una parte de ti se ha marchado con él?
Prefiero no responder, ya que soy consciente de que esto solo desvía la atención del inminente veredicto que me espera.
—Para ti, Teo, debe ser duro hablar de esa pérdida con quien realmente es tu espejo. Esa presencia de Leo siempre fue un obstáculo entre nosotros. Dices que murió en el bombardeo para salvarte, pero si ya no existe, ¿por qué permites que siga gobernando tu mente? —insistió Elías.
—La hora ha terminado, Elías —concluí—. Puedes volver mañana, si el destino lo permite.
Tal vez para Elías, el pasado no sea más que una carga que puede dejar atrás; él vive plenamente en el ahora. Yo, en cambio, sé que abandonar una idea que alguna vez brilló es posponer un enigma que eventualmente nos saldrá al encuentro. El conflicto no radica en el olvido; está en la persistencia de nuestras ambiciones que vagan en líneas temporales divergentes. Es la dificultad de integrar las versiones pasadas de uno mismo con el presente. Lo que sucede no es lo único que pudo haber sucedido; la realidad es apenas una de las formas del azar.
Aquel día, seguí el consejo de Leo. Decidí cancelar la orden para eliminar a mi socio. Aceptaba, o eso creía, que perdería todo mi capital. Desde entonces, a lo largo de los años, pocas veces tomé decisiones sin antes consultarlo. Ayer, al amanecer, vi en mí el reflejo de la misma sonrisa de aquel día. Más tarde, tras nuestra conversación, él tomó una decisión.
Tras el silencio de mi gemelo, intuí ese rictus que en él simula una sonrisa, ahora ausente a mis ojos. El peso de su mano, presionando con firmeza mi hombro, transmitía un gesto de despedida.
La cárcel
Privado de flores y sin los laberintos de setos, mi jardín actual se ha convertido en una celda que no mide más de tres pasos de largo, pero que abarca todos los universos posibles. Me han condenado a cadena perpetua. Afuera, la gente sigue el orden y las fechas de los sucesos. Creen que estoy aquí encerrado desde aquel miércoles de ceniza y que moriré aquí un día remoto. Lo que ignoran es que entré al presidio con una particular llave de la vida, la de un lector de Yu Tsun. En este cubo de acero y hormigón, el tiempo no se desplaza como un vector apuntando hacia adelante; se desdobla como un abanico de infinitas flechas de una naturaleza que no es determinista, sino probabilística. Soy, por tanto, el prisionero enfermo que logró escapar por la ventana del hospital al que no ha ingresado y simultáneamente el cadáver que ya había sido consumido por la cal. Mi condena no es la privación de la libertad, es la que me permite deambular en múltiples direcciones.
En una versión de la realidad, anulé la orden de eliminar a mi socio; en otra, disparé el arma; en una tercera, nunca tuve un asociado. Entonces yo represento todas mis posibilidades. Soy libre y estoy preso; soy inocente y soy un asesino.
A veces, en la duermevela, escucho el eco de mis otros «yo». Oigo los pasos de aquel que eligió el camino de la izquierda en la encrucijada del destino, el que ahora camina por una playa del Caribe o el que se casó con la mujer que perdí por pusilánime. No siento envidia ni arrepentimiento. Sí, la fatiga de quien debe cargar con la memoria de mil vidas que no ha vivido.
Algún día, un guardia abrirá esta celda y encontrará mi cuerpo helado. En ese momento me encontraré con aquel otro yo, y los caminos divergentes tocarán un punto común, para así trazar una línea completa en el universo, partiendo del comienzo del tiempo. Pero hasta que esa colisión ocurra, sigo recorriendo mi particular jardín de múltiples senderos.
Cuánto cuento cuántico
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