. —Aquel día, más temprano, había entregado una considerable suma de dinero, equivalente a la mitad del monto pactado, al hombre que actuaba como enlace con el sicario. ¡Ujum! ¿Te sigo contando?
—Claro, hermano. Todo lo que quieras. Imagino que hablas en relación al quiebre de tu empresa.
—Así es, Elías, entonces continúo. Aquel día, meditaba sobre mi futuro cuando sentí un toque en el hombro y, al girar, me encontré con Leo, quien me miraba, luciendo una amplia sonrisa.
—Aunque tengo plena certeza de que en aquella ocasión no me encontraba en ese lugar, ¿es posible desconfiar de mi memoria? —me comentó Leo ayer, antes de la tragedia, cuando le recordé aquel episodio de dos décadas atrás.
—Contigo esas situaciones tienden a darse con mayor frecuencia; me refiero a esa coexistencia. Y la pregunta tiene múltiples respuestas —le dije entonces sin extenderme más. —Y entre todas, Elías, hay una que destaca: lo trascendental de esos sitios, en los que se mantiene presente quien formulaba la interrogante.
La voz sutil de la enfermera, dando las buenas tardes, detuvo la conversación que sostenía con Elías.
Sin pronunciar una palabra más, sus pasos se acercaron hasta mi cama. Sentí un delicado aroma de la ropa recién lavada y el toque ligero de su mano al quitarme los lentes. Después, unas gotas cayendo despacio en mis ojos.
—La visita termina dentro de quince minutos, señor. El paciente necesita descansar.
Escuché la puerta cerrar y de inmediato la voz de Elías.
—Y después de lo ocurrido. ¿Siguen esos encuentros con Leo?
—Por supuesto, Elías. ¿Será que la muerte podrá algún día sacarlo de mi memoria? No, hermano, su presencia permanece intacta en cada rincón y momento.
—Y ahora que Leo ya no está, si se puede decir que físicamente. ¿Sientes que una parte de ti también se fue? Me imagino que podrías estar enfrentando un conflicto interno al hablar de ese sentimiento conmigo.
—Ahora, la ausencia no es un vacío, sino un espejo cóncavo donde su memoria fragmenta su semejanza con la mía, en mil reflejos o en cuantas veces fui dejando algo de mí.
—En este momento, en que estamos los dos en una sala de hospital. Seré honesto contigo, Teo. La presencia de Leo siempre fue un obstáculo entre nosotros como hermanos. Ahora me dices que murió en el bombardeo y que te salvó la vida. Pero si él ya no está, ¿por qué sigues alimentando esa idea en tu mente?
—Creo que ha terminado la hora de visita, Elías. Puedes venir mañana, si quieres. Aquí estaré, hermano, ¿de acuerdo?
El mutismo de Elías como respuesta, una reacción que yo conocía, dejaba en claro su aflicción. En mi mente podía visualizar ese rictus que intentaba parecer una sonrisa, lo que ahora me resulta invisible.
Quizás para Elías, mi gemelo, es intrascendente lo que vamos dejando atrás; simplemente lo olvida y vive el presente a plenitud. Yo no puedo; abandonar o apartar de lado una idea o lugar siempre deja un enigma que, tarde o temprano, vuelve para enfrentarse; es entonces cuando el retrovisor refleja el rostro de esa persona que parecía olvidada, que es uno mismo. Nuestra propia psique tiende a distorsionar la memoria y la identidad; es un enfrentamiento constante; en sí, la esencia de la resonancia emocional del pasado que sigue evolucionando en el presente.
Leo y yo éramos dos líneas paralelas, destinadas a converger en un punto ciego del infinito; quizás el que representa la muerte.
Y sí, tal como cree mi hermano, el conflicto está presente, pero no reside en el olvido, sino en la persistencia estéril de nuestras ambiciones, despojadas de aspiraciones, que vagan en un laberinto de cronologías divergentes, porque lo que sucede no es la única cosa que podía haber sucedido. Él seguirá siendo el verso perdido de un poema al que a mí únicamente llegan sus rimas; yo, el observador de una sombra que insiste en ocupar el espacio que no obtuve. Es algo que se escapa de control, que radica en la naturaleza del espacio, el tiempo y la realidad.
Aquel día conversamos y terminé tomando una decisión: vendí mis acciones, a la vez que decidía perder el dinero pagado al sicario. Y a partir de allí, mis decisiones quedaron sujetas al juicio de Leo.
Continúa…
Cuánto cuento cuántico
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