Lo que El Vino Sabe

Lo que El Vino Sabe

Piky A.

01/04/2026

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«Ignoro si fui yo quien entró en la bodega. Acaso la barrica no fue más que el pretexto de una memoria que insiste en no ser de nadie.».

I La Barrica

Nadie pudo precisar el instante en que la bodega comenzó a inundarse y a colapsar bañada en vino. Algunos, dijeron que fueron lágrimas de brandy de jerez las causantes. Otros, más cautos, afirmaron que el líquido ya estaba allí desde siempre, aguardando ser vertido. Los más místicos, sospecharon que se trató de un cambio de estado en donde la materia, súbitamente, eligió por cuenta propia ser memoria líquida.
Entre las paredes de piedra — que no eran del todo paredes, sino una forma detenida del tiempo que no delimitaba el espacio interior sino la posibilidad de guardar vivencias—, se ocultaban: secretos lugareños, besos furtivos entre barriles, risas de vendimiadores que aún no habían nacido, brindis de amigos que tal vez nunca ocurrieron. Todo confluía en un mismo espacio, como si cada instante se repitiera en variaciones imperceptibles.
En cada barrica, las historias no reposaban. Navegaban en su interior. El roble, que los enólogos llamaban materia, era en verdad una matriz donde los hechos elegían suceder o no. Algunos afirmaban que esa madera guardaba memoria. Otros sospechaban que la memoria era quien, secretamente había creado la madera. Nada ocurría primero. Nada ocurría después. Todo ocurría a la vez. Parecía repetirse confluyendo en un mismo punto.  Todo coexistía en una simultaneidad tan precisa que ningún reloj podía medir. Algo similar a aquel lugar que Jorge Luis Borges describió como «el sitio donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos».

 Aquí, sin embargo, esa repetición parecía desviarse, como si la barrica, el vino, y quien los contemplaba, persistieran en una suerte de vacilación y oscilación cuántica.

Tal vez no sea ajeno a estas conjeturas lo que insinuó alguna vez Jorge Luis Borges: «el observador no es menos incierto que aquello que observa, y toda permanencia es, en el fondo, una forma de repetición con movimiento».

II Manolo

El viejo Manolo —si es que hubo un viejo Manolo— recorría la bodega con manos curtidas que parecían recordar otras manos. Acariciaba las barricas como quien reconoce un rostro en la penumbra. Cada caricia definía una historia posible En una, el vino maduraba. En otra, se agriaba. En otra, jamás había existido. Manolo las habitaba a todas, como si fuera —simultáneamente— el observador y aquello que es observado. Se limitaba a recorrer la penumbra con pasos lentos, como si vigilara sigiloso no el vino, sino la persistencia de aquello que lo miraba. Él, solo pasaba. No miraba. O miraba como si ya hubiera visto. Apoyaba la mano en el roble. La dejaba un rato quieta y pensativa. Su cuerpo despedia un olor espeso a vinagre. A vino añejo. A madera húmeda. A tiempo detenido.
Cada temporada, como si fueran meses de embarazo, Manolo esperaba el momento del parto del vino. Pero también, el vino lo esperaba a él.
La noche de su muerte (si es que la muerte ocurrió en una sola noche), algo alteró el silencio de la bodega. No era un sonido, sino la posibilidad de un sonido. Un sollozo más que un llanto. O la superposición de todos los llantos posibles. A la vez, otro ruido se escuchaba como un débil palpitar, insinuando quizás un corazón que podría pertenecer al vino, al roble o al propio Manolo. La distinción no es relevante.
Poco a poco el sonido convertido en voz, comenzó a diluirse en el jerez. O quizá fue al revés y el jerez, al ser observado por última vez, colapsó en la voz supuesta de Manolo.
Entonces ocurrió algo que nadie —o todos— comprendieron: la identidad dejó de ser una sóla. Manolo ya no era del todo Manolo. Y el vino, tampoco lo era.
Alguien —tal vez el propio Manolo, tal vez la bodega— pensó entonces que esa división era ilusoria. Que siempre habían sido dos: el que vive y el que relata. El que toca la barrica y el que recuerda haberla tocado. El que probó el vino y el que no lo hizo.Y que, como en una vieja paradoja literaria, uno de ellos persistía mientras el otro se desvanecía entre vapores de jerez.

III La Inundación 

Entonces el brandy, como un espíritu al que algunos le atribuyen conciencia, se reveló y explotó. No como un evento único, sino como una serie infinita de eventos coexistentes e inundó la bodega. Simultáneamente, permanecieron intactos en cada barrica sus aromas a tierra de uvas, fruta mojada y tiempo fermentado.
En los muros, que ya contenían todas las inscripciones posibles, apareció una frase como emergida del fondo del vino entre burbujas de jerez y se estampó en la piedra:

Algunos sostienen que fue el vino quien la trazó, como un lápiz de líquido. 
Otros, que fue la bodega misma. 
Otros, que Manolo al morir, comprendió que siempre había sido la barrica, y que desde esa madera —que es todas las maderas— escribió su propia despedida.
Pero yo tengo una hipótesis más inquietante: 
que Manolo —o aquel que escribe sobre Manolo— comprendió finalmente que siempre habían sido la barrica con el vino y el observador. Y no sé cuál de los dos sigue vivo. El otro —si es que hubo un otro— se pierde inevitablemente en el sopor de la bodega.

Epílogo 

No he vuelto a la bodega. Ignoro si la barrica sigue allí, si el vino ha concluido su transformación, si el fantasma del bodeguero persiste en su costumbre de rozar la madera como quien verifica una certeza.

Tampoco sé si el tiempo se repite sin saber que se repite, o si es uno quien insiste en recorrerlo. Ni si la frase ya estaba escrita antes de ser recordada, o si recordar no es más que una forma tardía de escribir…

Hasta he considerado la posibilidad de que haya sido otro quien estuvo allí y no yo y este epílogo ya es inútil.

Algunos dudan de la barrica.

Otros, del vino.

De la bodega, nada se sabe.

De quien escribe estas líneas, tampoco.

#bocadillo

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