1
La tarde tenía colores apagados: verde mate, marrón veteado, grises y azules cerúleos. El profesor entró en el aula. Un lazarillo guiaba sus pasos. Ayudó a que subiera a la tarima, lo colocó junto a la silla delante de la mesa de escritorio. El profesor dejó una carpeta y se sentó dejándose caer.
Enfrente, un anfiteatro con bancos corridos. Sobre un aforo de unas trescientas personas, apenas una veintena ocupaba asientos. Grupitos de hombres con chaquetas grises, camisas blancas y pelo engominado. Las escasas mujeres, con vestidos floreados o pañuelo en la cabeza. En uno de los laterales se sentaba un alumno de gran tamaño, con dificultades para encajar en el banco corrido, jersey de lana verdoso, gafas estridentes y un anillo entre los dedos gordezuelos
La clase anterior el profesor estuvo hablando de un personaje histórico legendario: Ulfilas. Una mezcla de reyezuelo y sacerdote que unió a algunas de las tribus visigodas, las que vivían más allá del Danubio y se cree que procedían de la península de Jutlandia. Quienes le seguían habían abandonado los ritos paganos. En algún momento, el “pastor de pueblos” guio a sus seguidores más allá de las montañas de los Cárpatos, hacia las orillas del mar Negro. Si
volvemos los ojos a aquellas jornadas -había dicho el profesor,
dirigiendo su mirada hacia algún lugar indeterminado del anfiteatro, que
era su principal gesto junto a un movimiento de cabeza donde
alzaba el mentón, ladeaba hacia atrás la cabeza y sus ojos vacíos se
dirigían a algún lugar en el techo buscando una brújula celeste-,
podemos ver a grupos de hombres y mujeres y jóvenes y niños, vestidos con pieles y ropas bastas, con la piel curtida por el viento, la lluvia, las nieves de los meses de invierno, animales de tiro, quizás bueyes que transportaran los bultos que atesoraran y puede que perros o lobos que arrastraran una especie de trineos donde se movían en pequeños destacamentos de exploración. Después de dibujar una jornada corriente en la vida de estas tribus nómadas, llegaron a un lugar amable. Una llanura fértil con una laguna donde pescar y un bosque cercano donde encontrar caza. El sitio donde guarecerse de las bestias, de los enemigos y de los elementos del clima: aguaceros, ríos como torrenteras, tormentas de viento o lluvia, la noche iluminada por los rayos eléctricos o el sol cegador de un cielo despejado en los veranos.
“De los pueblos que guio Ulfilas no conocemos poblados o ciudades, tampoco utensilios o herramientas, alguna aislada inscripción en latín y la traducción de la Biblia, que hoy se custodia en la ciudad de Upsala, en una lengua no sólo muerta, sino perdida: el gótico. Como una especie de Urdeutsch o proto-alemán o pre-alemán. Así que Ulfilas, mil años antes que Lutero, fue el primero que tradujo la Biblia a lengua vulgar, a un idioma que se ha desvanecido entre las rendijas de la historia” -concluyó el profesor en la anterior clase. Y como lectura complementaria propuso las historias más antiguas de los visigodos: la de un noble romano, Casiodoro, y la de un descendiente de las tribus bárbaras que vivió en la Constantinopla medieval, Jordanes. “Si se acercan a esos manuscritos, podrán comprobar cómo resucita el oxidado latín que aprendieron en las clases de bachillerato”, terminó el profesor con una de sus bromas crueles.
2
Aquella mañana regó las plantas del piso de su madre, de vacaciones en la playa. Después desayunó por tercera vez. Los dulces se habían convertido en un sustituto de alguna de sus muchas carencias. Si se miraba en el espejo, veía su figura oronda, curvas y adiposidades grasientas. Además, le habían vuelto a salir granos en la cara y ronchones colorados en espalda y pecho que afeaban su feo cuerpo. El cofre de mis desdichas –mascullaba para sí. Hace
dos días discutió con Sonia, su única amiga. Desde que se había
matriculado en la clase de literaturas germánicas, no hacía más que
comprar armas antiguas, buscar libros en latín en ediciones raras, vestirse con ropa de colores a las que añadía aderezos extemporáneos: un bolso de piel de bisonte (que olía fatal) o unos calentadores con lana de vicuña (por los que podía confundirse con un hippie tronado). “Es como si al leer esos textos, retrocedieras más de mil años”, le había advertido Sonia. “No habrás tomado una pócima mágica y te ha sentado peor que un tripi chungo.”
En el autobús donde iba a la universidad, se sentó delante un gigante: moreno, debía medir dos metros, pelo ensortijado y mandíbula cuadrada. Él iba garabateando en su cuaderno el alfabeto gótico: letras en griego, otras del rúnico. Pensaba si él podría inventar una lengua: con letras del alfabeto griego: la omega, pi, epsilon. O se preguntaba si al llegar a clase se atrevería a acariciar el brazalete que le vendió un buhonero. La pulsera que ahora brillaba en su bolsillo. El jugador de baloncesto que se sentaba delante lo miró fijamente. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Cuando llegó a la clase, cinco minutos antes de que el profesor entrase con el lazarillo, dejase el bastón en la bastonera y comenzase a hablar sobre la elaboración de las kenningar en los pueblos primitivos que vivieron en Islandia (clase = asamblea de silencios), se sentó en un lugar apartado, en la esquina de uno de los bancos rodados y empezó a frotar el brazalete de piedras relucientes. El vendedor le dijo que ahora podría escuchar las voces de los demás: no la voz pausada y cauta del profesor, la audible, sino las voces ocultas del resto de los alumnos de aquella clase de germánicas (voces ocultas = coro de vituperios), las voces a las que no tenía acceso, las voces que lo reducían a un ángulo oscuro, las voces que lo habían sentenciado a una vida de aislamiento, reclusión en el cofre de su cuerpo (cuerpo = nido de heridas), a ser el perro verde.
Acarició la pulsera. Esperó oír, al fin, ésas voces.
Cuánto cuento cuántico
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