Era la nada. Todo transcurrió en esa habitación circular, con una biblioteca que hacía las veces de paredes y una puerta inmensa de madera tallada con el viacrucis. En el centro estaba sentado el gran Borges.
Borges, retiró el bastón de su mano, lo recostó en su sillón y le preguntó a Funes:
— ¿Dios estaba vivo en Julio de 1.882?
Funes, desde la puerta, sentado en unos inmensos libros y con su mirada en el techo oscuro le contestó con voz susurrada:
— El máximo filósofo del nihilismo ese año sentía llover todos los azules en su palpitante pistón pectoral, aunado a la resurrección de un flujo sanguíneo adolescente. ¡Dios estaba más vivo que nunca! — Un suspiro como anunciando el llanto le hizo bajar la cabeza, antes de continuar los susurros — . La femme fatale Lou Andreas Salomé, con su desengaño romántico inspiró la obra maestra de Friedrich: «Así hablaba Zaratustra». A principios de 1.883, Dios ya estaba muerto en el primer capítulo.
Borges, de manera pausada se acarició con la mano derecha el mentón, carraspeó dos veces, miró a Funes y le dijo:
— Al respecto, querido Funes: ¿Se puede explicar este despropósito, si los humanos somos motorcitos de inmortalidad, cuya gasolina es la trascendencia eterna y el vehículo es precisamente el gran Arquitecto Omnipotente?
Funes, miro por primera vez a Borges y dejó de susurrar:
— ¡Claro! Nietzsche era hijo de un pastor luterano y consciente que Dios es amor. Precisamente ese artilugio espiritual lo había aniquilado, como mosca en planta carnívora. —Hizo una pausa, sonrió de manera maquiavélica y luego continúo con su argumento—. Todo lo sabía, antes de seguir a la bella e inteligente Lou Andreas Salomé, que también lo sabía.
Borges intrigado, retomó su bastón con el cual señaló a Funes «el memorioso» para refutar:
— Pero… ¿Y el sentir hacía nuestros padres, hacía nuestros antepasados, hacía nuestra herencia? ¿Acaso no hay amor allí?
— Querido creador, te lo puedo explicar con una circunstancia. En el caso de Vincent Moon, él siempre recordó a su padre con matices del eterno retorno, pues según él ese señor en su personalidad fue la inspiración de “La forma de la Espada” y de paso de las Aventuras de Dios. John V. Moon goteó de la llave de lo inexplicable y respiró en blanco y negro con las manos en sus orejas y los ojos cerrados. En ese oscuro viaje su superhombre en estado onírico salió del mar con el gabán negro, la camisa blanca y la corbata roja, pero en vez de los papeles de la oficina, llevaba una inmensa tula de cartero a sus espaldas, donde por obvias razones iba adentro su señora madre, la abuela del mismísimo Vincent Moon, con dicha carga atravesó la playa, entró al hotel del Aleph, para ver morir a su progenitora en su mismísimo parto. ¿Qué amor puede haber allí?
Borges se sintió iluminado con las palabras de «el memorioso», pero infortunadamente, lo suyo era ripostar:
— ¡Funes insensato! Hubiera sido Emma Zunz en idénticas circunstancias, seguramente en el Hall del hotel, hubiera encontrado humanos poderosos con sus respectivas excentricidades e incoherencias y únicamente unidos para aplaudir el paso del rebaño de las ovejas más lanudas y sucias de la historia de la humanidad por el centro de ese lujoso salón. Aguantándose esta incoherencia tan sólo para encontrarse con Nietzsche en ese lugar y saber de su boca con exactitud, que los cefalópodos tienen más derecho de odiar al progreso que los mamíferos y también conocer datos tan anodinos como que el color de las medias de una mujer, no tiene por qué ser igual al de los ojos. Ante esto, muy seguramente se alejarían de tanto patetismo y caminarían de noche por el hermoso jardín del hotel y acompañados del botones quién llevaría en una carretilla la tula del cartero con la señora madre de John V. Moon, sencillamente para rescatarla. ¿Acaso eso no es amor? ¿Salvar a una desconocida de sus conocidos?
Funes bostezó y miró con profunda compasión a Borges para luego decirle:
— Excelentísimo creador, ¡reacciona! en ese punto que dices, dejarían la tula y al botones atrás y frente a la fuente de agua del Hotel El Aleph, Friedrich sabría por boca de Emma Zunz que el mundo es de espera, no se sabe que se espera, pero se espera, y el padre de Zaratustra sencillamente le diría que estaba hecho de memorias, de voces y plagiaria a Quevedo diciendo: — esto es un sueño y Emma, desde que llegué creo que me va a suceder algo que me va a hacer entenderlo todo. Y sabes lo peor Jorge Luis, que Emma Zunz le diría lo que todos sabemos y negamos: — Bigotón, no pierdas las esperanzas con algo que nunca sucederá. Así son las mujeres en general, bellas, sabias y con la mirada exacta y el par de frases adecuadas que son capaces de transformarnos en cefalópodos.
Borges se sintió perdido ante los argumentos de Funes. Lo único en común era el hecho de ser actores en «Las Aventuras de Dios», eso y el hecho de ser hombres haciendo fila para mirar a través de la cerradura del futuro para luego desengañarse y dejar seguir al siguiente iluso. Pensó en una circunstancia afín al género humano: estar en un sepelio y ver el féretro con su caramelo adentro, y de luto riguroso bailando con las miradas furtivas el tango de la ironía, la esposa del finado y el amante ¿Cuántas veces hemos negado esas realidades? Y tantas otras que decidimos llamar deseos reprimidos y en el peor de los casos doble moral. Ese sí es el hotel El Aleph, pensó en voz alta, cuando los libros empezaron a volar por todas partes, el piso de la biblioteca se rompió en caminos de libros y ellos parecían estar suspendidos en el espacio sideral observados por el infinito. —¡La existencia está en otra parte! fue lo último que gritó Borges.
Era la nada. Porque los sueños son eso y nada más. El joven Jorge Luis Borges despertó y anotó esta pesadilla a detalle, juró no volver a leer a Zaratustra ni nada de Nietzsche y volvió a la nada, a dormir.

Cuánto cuento cuántico
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