Lo que no sabemos de las máquinas

Lo que no sabemos de las máquinas

Se sentía insoportablemente pedante, asquerosamente frívolo por el mero hecho de recordar aquello con tanta insistencia. Le ocurría sobre todo en el trabajo y le ocurría de forma obsesiva, casi maniática, como si pudiese ver la escena en su cabeza y ya no fuese capaz de deshacerse de ella ¿Qué pensarían los jefes, qué le dirían los compañeros si la contase en voz alta? No la contaba en parte por vergüenza, claro-“¿pero qué coño me estás contando de Walter Benjamin y su viaje a Moscú en 1927?” –pero también por miedo, por la desconfianza que pudiera despertar en los supervisores comprobar que no había olvidado del todo unas veleidades intelectuales que estaban de más en la empresa.

Y pese a todo le seguía asaltando aquella imagen con frecuencia, en plena jornada laboral, poseyéndole hasta casi impedirle seguir atendiendo las notificaciones, las tareas pendientes y los mensajes que le apremiaban en su pantalla, que iban acumulándose hasta obligarle a hacer horas extra para cumplir con el trabajo. Nueve horas, muchos días diez o más, a cambio del salario mínimo en un moderno edificio del distrito financiero de Madrid. Su oficina estaba en un piso decimocuarto, tenía las cuatro paredes selladas por ventanales altos y mesas corridas de una punta a otra con ordenadores a ambos lados.

Era al finalizar esas jornadas desquiciantes y agotadoras, las jornadas en las que más sufría el suplicio y el hartazgo de su trabajo-del latín tripalium, que no por casualidad era un instrumento de tortura, se decía para refocilarse en su insoportable pedantería-, los días en los que más ahoga esa presión silenciosa y hostil que usan los superiores, y también la presión inapelable de las estadísticas, la condena irrevocable del dato y del cronómetro, cuando más le pesaba el lastre y el oprobio de aquella anécdota absurda e inútil que había aprendido en sus absurdos e inútiles años en la universidad.

Luego, ya en la cama de su piso compartido en Carabanchel, se enfurecía y se rebelaba contra su propia servidumbre. Se avergonzaba de renegar, aunque fuese solo ante sí mismo, de la memoria y del testimonio de todos sus conocimientos. Si precisamente es entonces cuando más sentido tienen esas palabras, se decía, cuando más importa recordar lo que dice que vio Walter Benjamin cuando viajó a la capital rusa diez años después de la revolución proletaria.

El filósofo judío visitó en aquel viaje una fábrica en la que se producía hilo de bramante y bandas elásticas. Aquel era uno de los muchos templos de la mecanización y de la técnica en los que las autoridades soviéticas se obstinaban en forjar al hombre nuevo. Benjamin entraría en la fábrica dispuesto a dejarse fascinar por la potencia y la exactitud de las máquinas, pero también seguro del espanto y del tormento que presidiría aquel lugar. Sin embargo, al entrar comprobó que muchas de las máquinas estaban apagadas, y que eran unas mujeres sentadas entre motores y cintas transportadoras quienes hilaban las trenzas a mano igual que harían sus abuelas cien años atrás.

La revolución era un baile de máscaras, y lo que a nosotros nos pasa es que ningún Benjamin ha pisado las oficinas de Delta AI para contar que también este Madrid es un feroz carnaval. Así lo pensaba y, si había bebido, creía ser él el profeta llamado a desvelar la tramoya de explotación que hay más allá de la pantalla del móvil, en oficinas del centro de Madrid o en servidores alojados quién sabe en qué país de legislación permisiva.

Su historia era la de otros muchos de su generación. Tras agotar unas prácticas en la universidad, después de dar por imposible doctorarse sin cobrar la beca, y a la expectativa de sacarse una plaza de bibliotecario o de profesor de secundaria, no quedaba otra que abrir una cuenta en InfoJobs. Solo para mientras tanto, se juraba, y así había hecho ya más de un año trabajando para una subcontrata de Google encargada de probar y desarrollar algunas de las aplicaciones más ambiciosas de la compañía.

Pero él sabía, y lo sabían sus compañeros, que todo era mentira, y él iba a dar testimonio de esa mentira como lo dio Benjamin de la mentira de la revolución. La verdad es que las máquinas no nos entienden. Su trabajo consistía en supervisar el asistente virtual de Google. Alguien, en cualquier país de habla hispana, se acerca el móvil a la boca y dice “OK Google”, y luego le pide lo que quiera: “¿dónde salir de fiesta en Barcelona?”, “¿cómo adelgazar diez kilos en dos meses?”, “psicólogos baratos en Bogotá” o “¿cómo se llama el grupo qué canta “Have you ever seen the rain?”. Y algo, en verdad alguien, responde con una voz anónima e ingrávida: “Sala Razzmatazz” o “Creedence Clearwater Revival”.

Porque para nada es Google esa inteligencia inmaterial que muchos se imaginan, ese algoritmo ubicuo e intangible que contiene todas las posibilidades del lenguaje. Google, con sus micrófonos y procesadores, en realidad no escucha. Simplemente graba y registra peticiones desesperadas, preguntas tontas o dudas inconfesables. Detrás hay un hormiguero de trabajadores cansados, con espaldas agarrotadas y ojos bizqueantes fijos en la pantalla, con ansiedad crónica y apuros para pagar el alquiler, corrigiendo, editando y dando sentido. Licenciados en carreras de letras casi todos, precarios de nervios exhaustos y futuro incierto son quienes le hacen entender a la máquina. Pues de no ser por su agitación frenética con el teclado, por sus 270 audios transcritos cada hora, esa voz anónima e ingrávida solo emitiría ecos confusos y sílabas desordenadas.

Ya no es que las máquinas estén apagadas, se decía a punto de quedarse dormido, es que las máquinas ni siquiera existen. Lo que existe es esta carne torturada y ese imperio del miedo y la escasez que nos conduce cada mañana a la fábrica o a la oficina. Y eso era así en Moscú en 1927 y es así en Madrid en 2022.

Las máquinas siempre fuimos nosotros.

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