Los postes de luz

Los postes de luz

Ofelia Gómez

11/06/2019

La cuadrilla salió temprano. La noche anterior una tormenta de rayos había desgajado un par de postes del tendido eléctrico. Iban malhumorados, aunque ya estaban acostumbrados a que, cada dos por tres, debían arreglar algún desastre en esa parte de la ruta. Nadie sabía por qué pasaba eso. Algunos opinaban que algo debía haber bajo la tierra, que si no sería piedra imán o tal vez uranio, otros creían que podía ser algún experimento.

—Vaya uno a saber qué están haciendo los científicos, pero nada bueno ha de ser, —se decía en las reuniones del club.

El viaje no era demasiado largo, y la cabina de la camioneta de la compañía era bastante cómoda. Flores y Giménez eran los más conversadores. El mate iba de mano en mano, mientras la charla pasaba de un tema a otro. Hablaron de las próximas elecciones y de los cambios en la Intendencia, de las reformas tan necesarias en el hospital y de que se necesitaban más médicos. Después discutieron por los últimos partidos de fútbol. Como siempre, todos opinaban y nunca se ponían de acuerdo.

Siguieron unos minutos de silencio y alguien se acordó de la nueva peluquería del pueblo. La dueña había llegado junto con una amiga y atendían tanto a mujeres como a hombres. El cartel decía: Peluquería Unisex.

—Desde cuándo unisex, mira si vamos a ir a que ellas nos corten el pelo. Para eso está Celedonio, nuestro peluquero de siempre. Lo que faltaba es que algunos fueran a teñirse, o a que les hagan rulos como a las mujeres, eso sí que sería un buen escándalo —dijo Paredes.

—Sí, —agregó Giménez— Además esas peluqueras son raras, fuera de su trabajo no se relacionan con nadie.

Flores dijo que su señora, de puro curiosa, había ido a que le corten el pelo y una de ellas parecía un hombre. No quería volver allí y prefería esperar a la Gladys, que venía al pueblo dos veces por mes y la atendía como corresponde.

Quedaron pensativos mirando el camino. Las montañas seguían allí como guardianes del paisaje. La vegetación escasa resistía la crudeza del clima. La noche anterior la tormenta eléctrica había sido fuerte, pero no llovió, un viento furioso se llevó las nubes y trajo arena de las dunas.

A ninguno le molestaban ya los postes desgajados, bien sabían que su trabajo era importante, que el tendido eléctrico dependía solamente de ellos y que, les gustara o no, siempre habría rayos destructores. Después de todo era la antigua lucha de la naturaleza contra todo lo que fuera contrario a su reino.

El mate seguía yendo de mano en mano. Flores ya le había contado algo a Giménez acerca del problema de Paredes. La hija de quince años estaba embarazada y no quería revelar quién era el padre. El buen hombre sufría mucho, veía que todos sus planes para el futuro de su hija quedaban arruinados. Ahora sólo había que esperar el nacimiento de ese nieto y rezar para que la nena no dejara los estudios, pero él había perdido la fe y se estaba dejando ganar por la depresión.

De pronto Giménez pidió al chofer que detuviera la camioneta, se bajó y le dijo a Paredes que bajara también él, le pasó el brazo por encima del hombro y caminaron juntos un trecho. Estaban cerca del pueblo Punta del Agua, hay allí una elevación donde se alza una imagen de Cristo, es obra de un artista del lugar y es el orgullo del pueblo.

Rezaron unos minutos y luego se sentaron en un banco de piedra y estuvieron conversando largo rato. Nadie supo nunca qué fue lo que hablaron, pero cuando volvieron Paredes tenía mejor semblante.

Siguieron su viaje, en una curva el chofer señaló a lo lejos y les contó que más allá vivía una mujer muy vieja, se llamaba “doña Serafina”. No parecía tener parientes, subsistía en medio de esas soledades acompañada únicamente por su manada de llamas, ni ella sabía cuántas eran. Podría considerarse rica, pero había preferido una vida de pobreza, vaya uno a saber por qué.

—Ha de ser una vida muy triste sin nadie que la acompañe en esas soledades, —dijo Paredes— así que te doy las gracias Giménez porque me has hecho ver que tengo una hermosa familia y que debo tener fe en que todo se arreglará ¡Y que voy a ser abuelo, carajo!

El grupo había recuperado el buen ánimo, hicieron planes para juntarse algún domingo a comer un chivito asado, alguien se ofreció a llevar unas empanadas para hacer tiempo hasta que estuviera la carne, otro dijo que llevaría el vino. Todo era alegría y planes.

El chofer paró la camioneta, pegó un grito y volvió a arrancar en medio de las carcajadas de sus compañeros. Poco después llegaron al lugar del desastre. Los postes estaban rotos y caídos, los cables lanzaban chispas, el viento arreciaba, pero nada de eso los podía amilanar. Nadie habló, simplemente se miraron y, sintiéndose más hermanados que nunca, se dieron a la tarea felices de estar juntos una vez más.

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