Ayer regresé tarde,como siempre, como me he caracterizado en mi vida.
Ayer el recuerdo de las charlas bajo las plantas con mi padre tomaron
color y calor, además de movimiento; ayer pude ver cómo las
palabras que mi padre depositaba con tiempo, paciencia, cadencia y
amor sobre mí, recobraron sentido… de fotos a una película.
Me bastó tomar las llaves de mi auto y por fin conducir hasta el pueblo
donde surgió todo, kilómetro a kilómetro las células que me
conforman me hacían saber elegía lo correcto.
Me estacioné a un costado del camino, sobre la banquina, un cruce de
ruta, pastizales medios y altos entre los alambrados de campos, separatistas de parcelas privadas y camino público, colores ocres,
el horizonte y un caserío.
¡Sí!, Me estacioné a un costado sobre la banquina, un cruce de ruta,
ventanilla baja, respiré, cerré los ojos, sentí el olor a brea que
subía desde la ruta con ayuda del calor sofocante, escuché los
pastizales chocarse por el viento, que se violentaban aún más con
los camiones al pasar, también me acariciaba la cara, y voló un
papel con el dibujo de una casa, una vereda, una mesa. Y la brisa
volvió acompañada del sonido de mis latidos, escuché las aves que
imaginaba carroñeras rondar, confirmé, el pasar de un camión les
dejó una presa (la naturaleza pone todo en su lugar).
Abrí los ojos tomé aire, enderecé hacia el cruce, lo miré fijo,
arranqué despacio, dos ruedas en el cemento, un poco más, cuatro
ruedas en el cemento y las manos sudadas como atravesando un portal.
Avancé sobre la ruta para agarrar el gris claro del cemento, avancé
tomando velocidad, banquina que de a ratos tiene pastizal, el agua y
el sonido de los pueblerinos anfibios fueron el nuevo paisaje que
oficiaron de puente hasta el ingreso de un pueblo que me paralizó al
observar la plaza, la capilla (las plantas testigos de un pueblo que
no avanzó como parte de una revolución ganada), me detuve, parado
cerré mis ojos, el aroma ingresó familiar en mi cuerpo, giré la
cabeza y el aire que me acarició con ternura, el cuerpo tiene
memoria reza el dicho, las células tienen memoria… Detuve la
cabeza sin saber por qué, abrí los ojos y vi real aquel borrador
que se voló en el auto… una casa, escoltada por una capilla y un
ramos generales, en la vereda: mesa, un banco y una silueta, a la
cual sí el tiempo le danzó, me acerqué y mi boca irrumpio: ¿la
casa del Turco?, y con lento movimiento, cabello plateado, ojos
vidriosos y una voz: ¿qué Turco, padre o hijo?, y el eslabón
perdido de pronto estaba ahí, fue la charla más corta y resonante,
sus ojos y sus manos habían cuidado a mi niña madre, y como en un
paréntesis caprichoso del tiempo, el pueblo, sus ojos y mis ojos
habían creado la maquina del tiempo.
El regreso, y el corazon una bitacora donde el olvido no tiene lugar.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS