Hospital de Comala, 2 de septiembre de 1.953
Amigo:
JUAN RULFO
En. Sus. Manos.
REF. Despedida.
Querido amigo, si recibes esta misiva, es porque ya concreté mi partida como buen estoico al igual que Séneca. Te contaré mi motivo y lo más importante mi solicitud respetuosa. Antes que nada, te felicito por el lanzamiento de: «El llano en llamas». No pude estar por obvias razones.
Te cuento querido Rulfo, que, a través de los ventanales del hospital de Comala, se puede observar la lluvia cayendo sobre el pavimento. Son caballitos de agua que rebotan, se hacen pedazos de magia y luego se juntan en un río artificial que se va directo a la alcantarilla. Así son nuestras vidas por momentos. Suena un relámpago que contrasta con los quejidos de la sala de urgencias, anuncia un rayo capaz de partir un árbol. Así es la voz del médico con el dictamen sobre mi hijo Juan Preciado. Entra el viento, es el dios de la infancia silbando y recordándonos que él es blanco, de barba blanca y que nos lee la historia sagrada a mi hijo y a mí, la abuela que también tiene el cabello blanco. Son recuerdos e incoherencias que nos quitan por un momento la angustia, pues acá la sala es blanca, al igual que el baño, la sala de espera, la sala de operaciones y uno que otro demonio vestido totalmente de blanco y con estetoscopio al cuello. Así es la agonía cuando se viste de gala. De un momento a otro todo se calma, la lluvia le cede el paso a una neblina que quiere entrar a las ambulancias, que quiere alcanzar la camilla de mi Juan Preciado para despedirlo con un beso en la mejilla. Así es la nostalgia cuando la fe lucha contra la razón.
Al pie de tu tumba recuerdo todo esto
como si fuera en presente
te quitaron
el ochenta por ciento
de la raíz del miedo
que sentiste en el vientre
cuando de niño
perdiste el cinturón del castigo
ese día también llovía
tenías ocho años Juancito Preciado
te rebelaste como se rebelaron tus células
adenocarcinoma
es el nombre del castillo que ellas armaron
para albergar la fecha de tu huida
números que lloré por dentro
para también crear un río artificial
donde está la niebla
que tanto amabas.
Por eso te pido amigo Juan Rulfo, que tu próxima obra no la hagas como el libro de cuentos, hazla como esta carta, la de tu amigo el suicida. Trastoca todo, odia la lluvia ama la tierra seca, odia la vida y resucita a los muertos, menos a mi hijo y a mí. Cordial y sincero,
PEDRO PÁRAMO.
Cartas desde el polvo
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