A mi hijo
Ahora que tienes el sol en la espalda, no te atrevas a mirar hacia atrás. Sacúdete la sal del apego, pues aquí nada bueno hay para ti. Cruzando el horizonte, escucharás aquellas voces que son ecos de libertad; se perderá entre el polvo la mustia Comala y, ya sin ataduras, comenzarás a vivir.
Mas nunca olvides que nacido de la arcilla eres; así que, a donde vayas, mantente humilde, pues los ídolos de barro se desmoronan ante la mirada de la verdad. Procura alzarte por tu propio pulso y no pises a los demás; por último, no anheles amores hechos ceniza ni pongas en quedo aquellos que no has de corresponder.
Yo, por mi parte, oraré sin descanso para que sobre tus pasos jamás regreses. Prefiero saberte ausente que muerto en vida retenerte. Perdóname por dejarte solo en este viaje, pero mis raíces son profundas y el peso de los años no me permite moverme de este lugar. No tengas pendiente por mi última morada, pues los muertos a sus muertos han de enterrar. Tú vive por los dos, que yo siempre te voy a acompañar.
Cartas desde el polvo
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