Se fragmenta el tiempo en cuartos de hora, tan largos como el día mismo; ya recogí la hojarasca, regué los gladiolos como me lo pediste y, después de cuatro meses, pinté la cerca como te lo había prometido. El último cuarto antes del mediodía lo perdí tendido en la hierba, desde donde pude ver a las angelitas apoderarse de la única flor de aloe vera que se niega a perecer y a un laborioso escarabajo de estiércol pasar a mi lado, empujando algo similar a lo que es mi existencia; quince minutos de vida sin nada más que hacer sino mirar fuera de mí. Así es mejor, pues la penumbra que mora en mi interior abarca hasta el más lejano recuerdo.

Quiero que sepas que dejé de fumar. Suena bastante inutil, si tenemos en cuenta que ya no estás, pero sentí que te lo debía, aunque mi deuda contigo va más allá de apagar un cigarro. ¿Recuerdas que también solía dejar la silla fuera al levantarme del comedor? Ahora he aprendido a ubicarla correctamente; me conforta pensar que estarías orgullosa de mí. Sé que estas pequeñeces te hubieran hecho feliz.

Cobarde me llamo, pues te grité a la cara todo cuanto me molestaba, mas no tuve el valor de decirte cuánto te amaba. Torpe soy porque, ahora que no estás, quiero saber de ti, cuando a conciencia te ignoraba; ingenuo al creer que regresaras al lugar donde fuiste tratada con desdén. Nunca te hice un poema ni te dediqué una canción; di por seguro que siempre estarías a mi lado. Ahora ya nada puedo hacer: esta carta, que nunca enviaré, guardará en silencio el perdón que no te pedí y que ruego algún día puedas darme.

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