FOGONES ENCENDIDOS

FOGONES ENCENDIDOS

Carmen Negrete

27/03/2026

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Yo me he quedado aquí, en la cocina. Entre los fogones, pelando patatas y limpiando verduras. No podía dejar el fuego encendido y el agua hirviendo. He pensado que era mejor ir preparando la comida. Han salido todos despavoridos, como si una horrible tragedia fluctuase presagiosa sobre el cielo turbio de esta Comala mía. Nací aquí y aquí he de morir.

Siento las mudas palabras que el viento me trae. Yo las he escuchado siempre y siempre me han avisado de desdichas y desventuras. Esta vez llamó a mi ventana antes del amanecer. Y así el amanecer hoy no ha venido. Golpeó el ventanal y las bisagras se quejaron doloridas por la acción de esta fuerza despiadada. Venía de muy lejos y traía noticias de malagüero. Me senté en mi cama con las manos entrelazadas para acoger y escuchar a este mensajero volátil que la noche había enviado. Los demás todavía dormían pero no tardaron en agitarse en sus cálidos lechos haciendo que las blancas alas del sueño se alzaran despavoridas movidas por el peso de sus miedos. Así es que muy pronto toda la ciudad quedó cubierta de una blanca noche infinita. Cuando me levanté vi que había maletas por todas partes y todos los habitantes se agitaban en un dormir vigilante y colectivo que les hacía repetir murmullos incesantes en una única conversación compartida. Sonaban a hojas movidas por un huracán; en medio de la plaza principal su ojo observaba atento y en silencio mientras alrededor se agitaba levantando la tierra rojiza y ardiente.

Estoy cocinando para muchos comensales y mientras vigilo atentamente que nada se queme escribo en mi mente estas palabras que ellos podrán leer cuando lleguen a sus destinos. Se encontrarán mi carta en cada rincón escondido y se sentirán aliviados sabiendo que yo permanecí. La ciudad seguirá viviendo mientras estos fogones permanezcan encendidos. Esperaré en mi muerte la llegada de mis vivos para darles noticias nuevas de los años transcurridos. En las blancas noches eternas lavaré sus sábanas carmesí de sus llantos infinitos. Se encontrarán la larga mesa puesta, vestida con sus mejores galas para recibir sus hambres de años, de siglos, de eternidad. Vencidos por el cansancio de un caminar perdido, reposarán sus cuerpos en fríos lechos abandonados y encontrarán de nuevo el calor de los amores olvidados en ese largo sueño inventado por sus miedos compartidos.

Aquí nací y aquí morí.

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