Angelina Clara. La primera mujer
Los últimos temporales han arrastrado las piedras dejando a la vista un cadáver momificado de mujer. El forastero baja de la mula; cubre su boca con un pañuelo que casi le tapa los ojos. El polvo que sale del suelo parece fuego. Toca sin aprensión el pelo de la momia aún con abundantes mechones pajizos y la escruta de arriba abajo. Frota con la manga una cadenilla de metal oxidado que ve en su cuello y comienza a palpar la tela de la falda; se detiene al ver un trozo de papel cosido en el dobladillo. Entonces el hombre empieza a oír murmullos y nota un aliento dulce y amargo a la vez que sale del cuerpo de la muerta; una bandada de cuervos le sobresalta con su cruar, cruar, cruar, por el cielo vacío, Distingue a lo lejos la loma, con forma de vejiga de puerco, detrás mismo está la Media Luna y Comala, le dijeron, el territorio en el que fue rey Pedro Páramo.
Al desconocido que lea esta carta, pido compasión.
Mi madre me puso Angelina Clara. Era partera y curandera. Siempre me previno de Pedro Páramo, por su codicia insaciable con las hembras, me decía. Él la evitaba temeroso de sus hechizos. Con las manos y la lengua cortadas la tiraron al polvo de mi puerta un mala noche sin luna. La cadena que ves en mi cuello era todo lo que la cubría.
Que no tuvo que ver con lo de mi madre, me lo juró mil veces. Que yo era la primera mujer y la única y que sería su esposa, lo juro otras mil. El tiempo, la inocencia de ms quince primaveras y la soledad fueron sus aliados. Visitó mi casa todo el invierno hasta que me entregué a él. No me condenes, desconocido, te pido que sigas leyendo.
Calentaba el sol de primavera cuando unas vecinas lo contaron: Pedro Páramo entraba en otras camas además de la mía. Fui en su busca para escucharle decir otra vez que era la primera mujer y la única. Risas, burlas y desprecio, gritó para que todos oyeran. Encendida como el fuego que sale de estas tierras polvorientas lo maldije: tus propiedades serán tú cementerio, no tendrás a nadie que te herede. Vagaras sediento y rodeado de fantasmas hasta el fin de los tiempos. Cuando sus esbirros me tiraron al cercado entre las patas de los caballos, los animales se apartaron para no dañarme. ¡Igualita que la madre! se santiguaban los hombres asustados.
Desde que las cosas han empezado a torcerse en la Media Luna y el viento, ardiente y apestoso enferma a la gente, sé que pronto vendrán a por mí, por esto escribo esta carta porque no deseo el sufrimiento eterno. Mi maldición terminará solo cuando tú, desconocido que me estás leyendo, des sepultura cristiana a mi cuerpo enterrando esta memoria hecha de puro rencor. Por nuestro Padre Dios que todo perdona te lo pido.
Pilar Borraz Rozas
Cartas desde el polvo
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