Querido hijo,
No sé si algún día me vas a perdonar por haberte dejado atrás. No lo hice por rencor o porque no te amara. Lo hice porque ya no podía seguir viviendo aquí. Sé que podría mentirte diciendo que traicioné a tu padre porque era un golpeador o un borracho. Pero no es cierto. Él es algo distinto. Donde otras personas tienen corazón, él tiene un vacío. Al principio no lo notas. Te parece alguien tranquilo, pacífico, y amable. Pero luego te das cuenta de que eso es una fachada.
Perdiste dos hermanos mientras él diseccionaba bichos en su cuartucho. Él no lloró; no se preocupó. Simplemente siguió como si nada hubiese pasado, mientras yo estaba hecha pedazos en la plaza pidiéndole dinero a extraños para enterrar a tus hermanos, porque él se había gastado todo su salario en sus proyectos misteriosos. Tampoco lloró o se enfureció cuando supo que lo engañé con un gringo que vino de visita al pueblo. Simplemente me miró como si fuera una extraña y no la mujer que lo aguantó por quince años. No gritó, no me reclamó. Solo guardó silencio mientras esperaba que yo le preparara la cena. Tampoco preguntó si eras suyo o de mi amante. No le importabas tú, no le importaba yo, ni nadie, a decir verdad.
Él estaba muerto en vida, como todos los habitantes de Comala. Y yo simplemente no podía seguir así. Él no me amaba, nunca lo había hecho, y no había nada que yo pudiera hacer para reparar algo que estuvo muerto desde el comienzo. Así que tomé el matarratas y pensé en todos y cada uno de los años que perdí junto a él. Pensé en los niños de un solo día que murieron de sarampión, llorando, mientras él estaba haciendo sus cosas de entomólogo. Pensé en el hecho de que nadie me iba a juzgar por envenenarlo, porque aquí no existían las consecuencias.
Nunca hubo consecuencias cuando el párroco robó el dinero de la caridad para irse de putas. Nunca las hubo cuando mi padre golpeaba a mi mamá. Nunca las hubo cuando mataron a mi hermano por desafiar a Pedro Páramo. Yo iba a salir impune porque nadie iba a hacer preguntas. Y estuve a punto de echarlo en su sopa.
Hasta que te oí llorar y me distraje.
No sé si fue una intervención divina o puro azar. Simplemente guardé el veneno, subí a la habitación y lo encontré allí, sentado junto a la cuna, tomándote entre sus brazos. Estaba llorando contigo, nombrando a los hijos que perdimos. Nombrándolos por primera vez en 10 años.
Y, en ese momento lo supe. Él te amaba, como nunca me amó a mí. Y, por eso no tuve el valor de separarlos. Yo nunca iba a ser feliz aquí con él, ni iba a hacerte feliz a ti.
Pero él iba a intentar se un buen padre…mientras yo me desvanecía como un sueño de polvo en los recuerdos de ambos.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS