Cómala – Colina, junio 19 de 1899.
¡Querida Julia!
Al recibir la presente, anhelo en lo más profundo de mi corazón que hayas encontrado la paz y tu luz. Al contrario de mí, que deambulo siempre por los mismos lugares, me levanto día tras día de la misma manera y con el mismo pensamiento, que se retuerce una y mil veces en mi mente, como una espiral infinita. Ese pensar recurrente de buscar a quien fuera la mujer que me empujó a los recónditos más funestos del dolor y vacío. Pero, al cabo de un instante, esa idea se desvanece como los idílicos arreboles vespertinos cuando la lúgubre noche se asoma.
Te cuento que sé lo que va a suceder a cada segundo de cada hora; puedo saber con exactitud hasta el momento preciso en que una gota de sudor va a emerger de un poro específico de mi frente o de mi cuerpo. Es como si fuera un ser de otra dimensión o estado que lo puede predecir todo. Todo esto lo vivo en el único día de mi vida, en este que se ha congelado en un tiempo inerte, un día maldito e interminable que de pronto se desvanece por una noche neblinosa que invierte la realidad.
Quisiera poder cambiar algo y no lo logro, sigo atrapado entre las mismas acciones y con las mistas tontas personas. Escucho un sonido que se me asemeja al cantar de tórtolas que vienen de lo lejos. Siento que el día está caluroso afuera ya que siento el crujir del metal de las láminas que conforman el techo de esta pocilga, que van expulsando a la vez ese calor infernal que me quema hasta la piel y convierte mis harapos viejos en un sopor asqueroso y espeso. Me asomo por la ventana y solo veo el polvoriento camino de piedras encastradas y la seca vegetación que se apacigua de lado a lado. Es confuso, pues no veo a nadie en la calle, pero las voces, aunque a veces son susurros, suenan casi que detrás de mí.
Jamás me he me he asustado tanto como hoy, al ver que la rutina se rompió de forma inverosímil: vi rodar una pequeña pelota de color rojo carmesí, un objeto que jamás había visto en este plano y que detuvo su andar al tropezar con mis pies. Todo esto y lo demás que te cuento lo he estado anotando al respaldo de esta sucia hoja de papel, pues temo que mi cuerpo, cual desechable transporte, este colapsando ante una verdad oculta que ni la ciencia misma pueda explicar.
Ayúdame, por favor, a descifrar todo esto, porque una vez que pase esta lucidez, volveré a lo mismo, a una abrupta realidad. Esto que siento no sé si reconocerlo como realidad, enigma o pesadilla, pesadilla; me acabo de pellizcar y el dolor ha sido real, una nívea vivencia siluetada del existir.
Siento miedo ahora, nunca lo había sentido, tiemblo, señal de que sucumbiré.
Con amor, tu hermano Julio.
Cartas desde el polvo
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