Querido, Agustín.
Dios creó el purgatorio y le llamó Comala; ahora nadie puede convencerme de lo contrario. El Señor nos dejó morirnos de olvido y el olvido se mudó a otro lado, así de jodido estamos. Imagínate que nos matamos una y otra vez, a ver si la siguiente vez tenemos suerte y San Pedro nos abre las puertas del cielo. Ya lo intentamos muchas veces, morir no sirve de nada si te quedas deambulando y habitando en las paredes de bahareque. Agustín, te lo suplico, deja de llorar y dame la eterna sepultura, estoy cansada de escuchar los mismos lamentos y traiciones.
Te fuiste a tiempo de Comala, cuando todavía los niños aprendían a leer y a escribir. Espero que no te hayas olvidado de todas las veces que te mostré el abecedario, cada letra era algo alusivo de este pueblo. A de arrayanes, B de burro, C de chuparrosas. La primera palabra que dijiste fue chuparrosas, nunca entendí cómo aprendiste a decir una palabra tan difícil antes que decir mamá. Te quité el habla dos días, hasta que intuiste que estaba brava y dijiste ma-má. Después le decías mamá a todas las mujeres de Comala: Doloristas, Eduviges, María Dyada, Damiana, Sixtina, Dorotea, Ana. Ahora todas somos hijas de una muerte que no termina de llegar… ¿nos sigues llamando madre? Te suplico dejes de llorar, que a veces tu llanto me busca en el medio de la noche y me produce pesadillas. Busca mis huesos y cerciórate que nadie baile sobre ellos ¿o eres tú quien baila?
A veces siento tus pasos que llegan de lejos, vienen negritos de caminar descalzos, quizás le hacen compañía al hijo de Pedro Páramo. Cuando eras chiquito, nunca te dejé caminar descalzo, ni siquiera cuando la grama estaba verde, los colibríes estaban borrachos de tanto chupar néctar, y en la noche llovían las estrellas. Ahora solo caen relámpagos, brotan como insultos de un hijo desesperado que no pudo ver a su madre antes de morir. Qué tonta que fui. Quisiera desfallecer y volver a nacer en Comala, en el pueblo que soñó Juan Rulfo, cuando lo único que nos hacía daño era el chisme, y podíamos morir en paz.
Tu madre, Hortensia.
PD: Ponte talco en los dedos de los pies, reza antes de dormir y pide que pueda morirme para siempre.
Cartas desde el polvo
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