Alguien ha cortado la hierba desde la última vez que la vi.

Aún tengo que tener más cuidado, ser más meticulosa protegiéndome, creando un cinturón de sosiego, de silencio, de vacío. No es negociable. El precio que pago es altísimo e inmediato. Debo hacer el esfuerzo de no hablar cuando hacerlo es lo que más necesito, pues hay un bien mayor por el que luchar con uñas y dientes: la paz.

No puedo seguir así, con esta agitación. Me va a dar un ataque y cuando me gire veré que he sido yo quien ha perpetrado el crimen.

Aunque lo articule con firmeza, o con lo que parece firmeza, en realidad es determinación de rendirme, de sucumbir. Hay algo que muere aquí. Esta vez, al girarme, veo que no he sido yo la homicida.

Es un esfuerzo enorme el de llegar a no ser nadie.

La soledad no es un castigo, es un regalo. Anoche, mientras me revolvía entre las sábanas, era eso lo que me repetía: “estoy sola, estoy a salvo”, “estoy sola, estoy a salvo”, “estoy sola, estoy a salvo”.

Comprenderlo es la paz.

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