Hola, Samuel.
Es un nuevo día fuera del tiempo; el tercero desde que dejaste a toda tu familia sin despedirte y te mudaste a Comala a pasar el resto de nuestras vidas sin nosotros. Empecé a contar los días obsesivamente la mañana siguiente a tu partida y lo tuve presente en mis diarios hasta que pasé tantas fechas que se me acabaron las páginas. Pero debo confesarte, Mel, que ya perdí la cuenta. Solo recuerdo que una vez al año, el 25 de julio, te vuelvo a perder…
Vamos, hijo, dime algo… ¿Por qué tanto silencio si desde que te fuiste yo también tengo, en buena parte, un pie sobre la tumba? ¿Sigues enojado por haber partido primero? Gritémosle juntos a la suerte que rige los muros decadentes de tu nuevo hogar, que ya está bueno de bromas pesadas, de hacerse la loca, de barajar mal nuestras cartas; que todo el mundo sabe que con la muerte no se juega, y que los padres y las madres jamás deberían enterrar a sus hijos.
¡¿Pero qué diablos hacemos en este pueblo desdichado que no da ni consuelo?!
Contesta pronto… Dame una señal de que sigues a mi lado, viéndome a través de las rendijas de las dimensiones inamovibles que separan tu lado de las ruinas del mío. O si acaso ya el único espectro que habita este recuerdo soy yo, tu resquebrajado padre, muéstrame un destello de tu sonrisa, una brisa leve que rodee mis brazos abiertos con ese anhelado reencuentro que jamás ocurrió. El aire se agota, hijo; tu soga invisible también se anuda en mi cuello cada vez que vuelve la culpa de haberte abandonado a tu destino. Soy como un cactus arrancado del suelo, que sacude sus raíces al viento y se rebela, punzando el olvido que reclama su lugar…
Hace calor aquí, Mel… Casi parece que todo mi cuerpo te sigue llorando, menos mis lágrimas; ya los mares se secaron en esta tierra de nadie que son mis ojos. En este suelo ya no crece nada, ni los fantasmas; ni siquiera los más jóvenes —los que lucen un bigote incipiente como el tuyo sobre la piel aterida de unos labios que ya no musitan palabras admirables, ni tiemblan de sorpresa ante lo bello, ni besan la mano plateada de la luna, cuando desciende con una caricia sobre sus rostros pálidos—. Pero polvo somos y, en el mejor de los casos, en polvo de estrellas nos convertiremos.
Sé que vengo a buscarte al lugar equivocado, hijo, pero este lazo que atraviesa el espacio entre tu ausencia y la mía tiene su propia voluntad y me arrastra. Quisiera dejarte ir, pero año tras año, sigo repasando mis huellas en el desierto hasta tu casa sin puertas, entre flores marchitas, donde solo me aguarda esta sed que me habita y tiene nombre. Este nombre que temo se evapore si abro la boca para gritarlo.
Este grito ahogado es lo único que me queda de ti, Mel.
Cartas desde el polvo
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