Donde el aire se volvió polvo

Donde el aire se volvió polvo

Lázaro Olivares

19/03/2026

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¿Te acuerdas del techo de la estación de tren? Ya no está, o quizás nunca lo estuvo. Solo queda la estructura de hierro retorcido, como costillas de un animal que murió abrasado por un sol de justicia. El calor de la tarde sigue siendo una cobija de tierra caliente que se mete en la boca, con sabor a metal viejo y a olvido. La vía férrea, más allá de la plataforma, al igual que las huellas de la gente que solían esperar allí, ha desaparecido bajo la arena y los cardos secos.

Ahora solo oigo el chasquido del viento seco en las latas oxidadas.

No va a pasar. Se comieron los rieles. Se comieron el tiempo.

Ya no hay nadie. La sombra de la antigua taquilla, donde el polvo acumulado brilla con un resplandor amarillento, es el único resquicio de un indicio de luminosidad, aún lúgubre.

—Pero yo tengo mi boleto. Me lo dio un hombre con sombrero ancho. Dijo: «Espere, que el tren siempre regresa».

Escucho una risa que resuena en la tierra seca.

—El del sombrero ancho está enterrado debajo de las traviesas. Lo mataron antes de que la revolución se hiciera eco del nombre de este pueblo.

Un remolino de viento se cuela por la ventana rota, levantando una polvareda que por un instante toma forma, un jirón de sombra, y luego se deshace.

—¿Usted me ve? —preguntan, con un ligero temblor—.

—Veo la sombra. Veo el polvo. No sé qué más hay. Yo solo recuerdo que vendía boletos. Pero ya no hay lugar a donde ir. Comala ya no está.

—Me dijeron que era un lugar verde. Que había agua.

—Aquí solo hay piedras. Piedras que se quejan. ¿No las oye? Son las ánimas. Se quejan del calor, de una existencia tortuosa.

Cae un pesado silencio, vibrando a cada golpe. El tiempo no corre hacia adelante, sino en círculos, atrapado en la resonancia de las palabras sin cuerpo.

—Ella me esperaba en la estación del norte.

—Claro, como todos.

—Dijo que vendría con un vestido color añil.

—El vestido ya es polvo, mecido por el viento.

El sol comienza a ponerse. Las sombras de la estación del tren se alargan, dejando un espectro sobre la vía sin fin.

—Espere —dicen—. ¿Oye?

Ya no me importa. Tengo la sombra, la estación, el boleto. Pero el tren nunca vendrá.

En el rincón de la taquilla, el guiñapo de sombra se deshace por completo. Oigo el murmullo de una vieja canción, cortada por la falta de aire, mezclándose con el crujido de las latas oxidadas, repitiendo: «azul, el vestido era azul», hasta que el viento se lleva también ese recuerdo.

La estación se queda sola, pero llena de un runrún que no tiene a quien contarle su historia.

—¿Se fueron? —susurra el aire.

Nadie responde. El tiempo, en Comala, como la cubierta de la estación se desvanece en una nube.

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