Comala, en el tiempo de la canícula eterna
A ti, que todavía arrastras tus pasos por el empedrado de mi memoria sin terminar de irte, te escribo estas líneas que no llevan tinta, sino el puro aire seco de este valle. Te escribo porque tu sombra me estorba el descanso y porque, a decir verdad, ya no sé dónde terminan mis culpas y dónde empiezan tus pecados.
Aquí, bajo este sol que no calienta, sino que calcina, la memoria se nos ha vuelto una costra dura. Te recuerdo no con amor, sino con esa fijeza que tienen los muertos cuando se quedan mirando un punto inexistente en el vacío. Eres el rastro de una herida que no cerró bien porque la cosimos con el hilo del rencor, ese rencor vivo que Pedro Páramo sembró en cada surco de esta tierra y que nosotros, como buenos labriegos del infortunio, regamos con nuestro silencio.
Me pesa el recuerdo de lo que fuimos cuando todavía teníamos sangre en las venas. Pero me pesa más la culpa de habernos dejado vencer por la sombra, de haber permitido que el miedo se sentara a nuestra mesa hasta convertirse en parte de la familia. Nos traicionamos, ¿sabes? Nos vendimos por un pedazo de cielo que el padre Rentería nunca pudo darnos porque él mismo estaba más condenado que nosotros.
Ahora vagamos entre estas paredes de adobe que se deshacen, escuchando el murmullo de los otros, de esos que, como tú, no encuentran el agujero por donde salir de este purgatorio de polvo. Siento un resentimiento antiguo, una rabia que ya no tiene fuerza para gritar, pero que me muerde los talones cada vez que intento cruzar la plaza. Es el rencor de saber que tu descanso depende de mí olvido, y mi olvido es una facultad que perdí el día que me enterraron sin rezos.
Sin embargo, tras tanto dar vueltas en este círculo de ceniza, me ha llegado al fin la resignación. Es una paz amarga, como el sabor de la tierra después de una lluvia que nunca llega a mojar el fondo. Ya no te pido que te vayas, ni te exijo que te calles. He comprendido que somos la misma cosa: un eco que se repite en un pueblo que ya no figura en los mapas.
Tu persistencia en no descansar es el espejo de mi propia incapacidad para soltar la vida que ya no tengo. Somos fragmentos de una historia mal contada, hilachas de un tiempo que se detuvo cuando el «Patrón» decidió que el mundo debía morirse con él. Quédate si quieres, sigue vagando por los rincones de mi conciencia; al fin y al cabo, en Comala ya no hay sitio para la soledad, porque hasta el aire está lleno de gente que, como nosotros, simplemente se acostumbró a estar muerta.
Cartas desde el polvo
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