Querida Mamita Justina:
Hiciste lo que pudiste.
Estoy aquí, y sigo preguntándome: ¿por qué nos pasó?
¿Por qué tuvo que pasarte a ti, que solo bajabas al río a lavar un par de rebozos llenos de melancolía, rotos por lágrimas secretas, por consuelos dados a otras personas? Quizá lo tuyo era dar amor y pasar página al dolor no merecido.
Cuando supe que me entregaste a una pareja de comerciantes, y crecí en la capital de Colima, entendí la diferencia entre los ojos claros de mis padres adoptivos y los míos de obsidiana. Cuando crecí vine a Comala.
Aquella vez te vi salir de misa, y me acerqué al párroco, de este lado del murmullo.
Hiciste lo que pudiste, tal vez lo correcto. Quizá tuviste miedo, después de la herida a tu recato, esa sombra que se aferró a ti, que eras toda luz a tus creencias; tuviste miedo de odiarme. Por ello terminé envuelto en sábanas hacia un destino diferente.
Supe que consolabas a tu amiga, quizá buscando por ti misma el consuelo; supe que esos rebozos quedaron flotando en el río y que nunca más volviste a bajar sola a lavar.
Soy ingeniero gracias a esa vida que me empujó a un destierro del pueblo más polvoriento, destierro hasta hoy, buscando tus raíces.
Justinita, justa como la balanza del pueblo en la tienda donde “hoy no se fía”.
Esta tarde, al salir de la estación de autobuses, subió un tal Antonio; me preguntó la hora. Al bajar en Ciudad de Villa de Álvarez, y aunque serio, me hizo una pregunta que podría ser casi una broma:
—¿Por qué tan catrín por estas tierras?
—Tengo la esperanza de ver a mi madre, y que ella se sienta orgullosa —respondí.
—Qué suerte la suya tener a su madre viva. Que le vaya bien —respondió.
Permanecí callado, sonreí brevemente. Si supiera, pensé. Él no preguntó más.
Renté un caballo, aunque esta vez fue una yegua, y me volví a encontrar al tal Antonio a mitad de camino. Resultó ser arriero; iba acompañado de un espectro. Le di un trago a mi bota de agua al pasar el camino. Sentí sequedad.
Me pareció volver a ver esa sombra esta mañana.
El párroco que me aloja a cambio de un buen diezmo me cuenta que somos hijos de otra generación los que más damos al templo por un poco de información, recuerdos atormentados. Perdónale, mamita, si me susurró tus secretos. Ahora el tejado de la iglesia resistirá los aguaceros.
Dice que ya casi no sales de casa, que permaneces entrada en ti, meciéndote en la mecedora. Gracias por haber recibido ese regalo.
Recibe las flores que acompañan esta carta. Es más fuerte la gratitud a mi vida que el dolor, dolor que se pone denso como las nubes negras, ligeras y desgastadas como las cortinas.
Siento el calor insoportable de esta nuestra tierra.
Si hubiera crecido aquí…
Tuyo,
Mateo Salazar Infante,
Ingeniero Agrónomo.
Cartas desde el polvo
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