Un mes lejos… inexistente, sin tu mirada, extraviado en el tiempo que solías habitar.
Las lágrimas parecen eternas, imposibles de contener, y siguen ardiendo como aquella vez en que quedaste inmóvil para siempre, suspendido en un instante que jamás supimos cómo aceptar.
Tus manos estaban tibias, suaves, serenas… como si por fin hubieras logrado descansar de todas esas noches en las que el insomnio te abrazaba y la madrugada se volvía demasiado larga. Parecías dormir, solo dormir, y sin embargo el silencio ya anunciaba lo irreversible.
Pensarte duele.
Me pregunto si realmente le temías a la oscuridad, si la soledad te envolvía en pensamientos que pesaban demasiado y por eso evitabas cerrar los ojos. Tal vez luchabas en silencio, tal vez nadie alcanzó a ver la profundidad de esa noche que habitaba en vos.
Tu ausencia es letal.
Un silencio espeso que nos consume lentamente, que deja a la confusión instalada en cada rincón de la casa. Caminamos desganados por nuestros propios espacios, como extraños, aferrados a la cama que nos seduce con la idea de rendirnos un poco más cada día. Dormir se vuelve refugio, una pausa necesaria para engañar al tiempo y anestesiar el dolor de tu despedida.
Extrañamos lo auténtico, lo distinto, lo verdadero que eras.
Nada en vos fue artificio; tu esencia era simple y luminosa. No hubo malicia en tu semblante, solo gestos sinceros y una manera de estar en el mundo que hoy se siente irremplazable.
Esa esencia pareció apagarse cuando tu cuerpo frágil ya no resistió, cuando la vida se retiró en silencio y dejó un vacío imposible de llenar.
¿Y ahora qué nos queda?
Un mármol que nos separa. Una superficie fría que intenta nombrarte pero no logra contener lo que fuiste. Una barrera inmóvil que impide ver tu risa, escuchar tu voz, sentir tu presencia. Algo oscuro que intimida, porque no habla de vos, sino de la ausencia.
No quiero olvidar.
Solo deseo que el dolor aprenda a doler menos, que la memoria deje de ser herida y se convierta en refugio. Quiero seguir adelante sin sentir que eso implica dejarte atrás, caminar con tu recuerdo como quien guarda una luz pequeña pero persistente.
Te extraño más de lo que las palabras alcanzan.
No imaginás cuánto cambiaron las cosas desde que partiste, cuánto pesa tu falta en lo cotidiano, en los silencios, en los gestos que ya no tienen respuesta. Y aun así, entre la tristeza, permanece el amor… ese que no se apaga, ese que te nombra incluso cuando el mundo sigue girando.
Cartas desde el polvo
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