Palabras bajo el limonero

Palabras bajo el limonero

yuri burgos

09/03/2026

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Escribo con el afán de que se
sepa que yo, José Arturo Patazucia, me encontré a Dios sentado a
los pies de mi limonero, en Comala.

Salí a buscar con
quien compartir la visita, pero me encontré abandonado. Volví, me
aproximé a Él, Me acosté a sus
pies y le mencioné que no
siempre estuve solo.

Nací
en el más tierno de los
hogares, con padres que me cuidaron y amaron. Pero se
fueron demasiado pronto. En ese entonces tuve
a mis hermanos, que se convirtieron en mis compañeros de juegos y
además en mis padres
sustitutos. Pero al crecer, sus trabajos y sus familias los alejaron
de mí, dejándome como un
joven adulto solo.

Mis
hermanos se mudaron no muy lejos, pero nunca pasaron por mi casa,
ni se molestaron en preguntar por
mí. Aunque era un
hombre grande, todavía no
sabía depender de mí
mismo. Con mis padres enterrados
y mis hermanos sepultados por las tareas de la vida, desarrollé,
en la oscuridad de mi hogar, un
tumor maligno de resentimiento por
la vida que me tocó
vivir.

Una
mañana, tirado en
el piso junto a mis penas, escuché que golpeaban la puerta. Era una
bella muchacha cuyo nombre ya no recuerdo, que pasaba todas las
tardes vendiendo pan; no tardé en enamorarme.

Nos casarme y por un
tiempo, fuimos felices. Pero la enorme bolsa de desechos grotescos
del alma generados por el abandono cayó sobre ella y no tardó en odiarme. Llorando en en el piso le rogaba que me amara y
perdonara, pero solo me dijo que no sería mula de mis cargas, y me
abandonó. Vivía, o vive, en una casa no muy lejos de aquí.

Embriagado por mis dolores
caminaba casi bailando por la calles de Comala, buscando una salida;
encontrando al final siempre la entrada de mi casa. En uno de esos
tantos intentos de escape conocí a Francisco, el chancho; a
Patricio, el negro; y a Lorenzo, el flaco. Tres buenos amigos que,
como yo, padecíamos de una seguidilla de trastornos de soledad sin
cura.

Un día caí en el peor de los
errores y les volqué mi alma entera. Me miraron a los ojos y me
dijeron “Que aburrido sos”. Yo y mi pobre ingenuidad. Jamás
volví a hablar con nadie ni volví a salir de la casa por miedo a
encontrarme con el grupo de cretinos.

Sin compañía pasaba los días
en mi patio cuidando un pequeño limonero. Lo cuidé como mis padres
cuidaron de mí, con mis únicos recuerdos de felicidad.

Pasaron sesenta años
desde que me abandonaron mis hermanos, cuarenta y nueve desde que mi
señora me dejó, y cuarenta y uno desde que me denigraron mis
amigos. Fue entonces cuando me encontré a Dios en los pies del
limonero.

Al terminar mi historia solo me dijo “Sigue viviendo y contarme más”.

Tras esto escribo con
aire de invitación para quien encuentre esta carta escondida, pase
por la casa del viejo Jose Arturo Patazucia. Tengo cosas que contar.

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