Padre, aunque usted no sepa quien soy, yo sí sé de usted.
Me llamo Emiliano Rodríguez. No sé si su sobrina Anita le habrá dado cuenta de mi. Puede que no, pues es muchacha tímida y no querrá preocuparle.
Me atrevo a escribirle para pedirle noticias de ella, ya que no sé nada desde que me fue arrebatada.
Por si no lo sabe, verá usted, yo haré por explicárselo: yo hacía la ruta de Sayula a Comala dos veces por mes, llevando simientes, clavos y herraduras, y tocinos de esos tan gustosos de mi tierra. Y, desde que conocí a Anita un día en el colmado, me dijo que la avisara cada vez que parase por el pueblo. Así lo hacía, pero no piense usted que con alguna pecaminosa intención. Solo caminar, guardando la distancia oportuna para no hacer malas lenguas, y platicar de esto y lo otro. Esos ratitos con su sobrina me hacían querer siempre volver a ese pueblo de ustedes, donde uno se volvía tarumba de calor y moscas. Y algo parecido debía sentir ella, porque siempre aparecía en el colmado cuando yo paraba por allí.
No me enredo más, que sé que es usted hombre ocupado y estará ya preparando los óleos y los misales para la tarde. El caso es, que aquel día del arrebato, salimos a contemplar el sol ponerse tras detrás de uno aquellos cerros que se divisan desde el pueblo, a esa hora en la que ya se puede estar sin empaparse uno la camisa. Anita me contaba lo bella que lucía la iglesia el día de la virgen, con las flores de Castilla que ella había colocado en unos jarrones chiquitos junto al altar. Yo la escuchaba y miraba como se movía su barbilla, tan redondita, cuando oímos el ruido de un caballo que se nos venía al galope. Tan abstraídos estábamos que no lo escuchamos antes y ya estaba encima nuestro tapándonos la luz del sol.
Fue rápido, se lo juro que fue rápido. Si hubiese sido menos rápido creo que habría podido reaccionar, pero no pude. Un destello de metal y un subir a Anita a la grupa. Y llevársela y ya. Ella gritó y me miró, o me miró primero y luego gritó, no recuerdo como fue, pero fue bonito cómo me miró, fue como si yo le importase.
Y por eso le escribo. Porque ya no supe más. Y por la noches de luna, cuando el ruido de los cascos acalla las voces de todos estos, que no paran de hablar, me acuerdo, y me digo que le he de preguntar a usted. Porque aquí se está más fresco, y libre de las moscas, pero echo de menos tener noticia de Anita.
Abundio me promete que, de alguna manera, le hará llegar esta carta. Espero que le encuentre a usted bien y que Anita le haya hablado con cariño de mi. Yo recuerdo siempre cómo me miró.
Con todo mi respeto,
Emiliano Rodríguez
Cartas desde el polvo
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