Susurrabas tragedias, se podía oler la desesperanza, pero los habitantes que moraban en ti eran capaces de llenarte de vida, conmigo incluida.
Llegamos buscando esa calma que, por tu apariencia, pudimos hallar, aunque esos ecos de dolor con sabor a muerte turbaban nuestra tranquilidad.
Quizás todos ignoramos la verdad, aun cuando en los murmullos se podía escuchar: “Has llegado a tu nuevo hogar, del que no podrás salir jamás”.
En ti se vivía el terror, pero uno del que nadie se podía librar.
Podría jurar que fuiste tú misma quien nos advirtió entre tanta avaricia, pero no lograste nada. Nadie alcanzó a oír tales palabras, pues nunca salieron de tu mirada.
Quizás fuiste tú quien, con sus montañas y hermosas noches estrelladas, nos engatusó con el fin de robarse nuestras almas.
Casi un fantasma te volviste. Perdiste tu vida robando las nuestras. Robaste también nuestra libertad, amarrándonos a ti, aun cuando no tenías nada bueno para dar.
Te llevaste nuestro deseo de buscar algo distinto, aun cuando las pesadillas inundaban nuestros caminos, que eran olvidados por tu hermoso amanecer.
Todo esto lo hiciste para mantenernos contigo, y ya lo he dado todo por hecho.
Pero al final, incluso tú acabaste desolada.
Dejaste casas polvorientas, con susurros atrapados en ellas, que viajan con el viento con estas palabras impresas: “No sigas. No entres. NO VENGAS”.
A lo que yo llegué a llamar mi hogar ya no es más que una ruina, como todas las demás, y aunque mi sombra siga ahí, ya no soy más dueña de ella.
Tú, Comala, que me arrebataste todo lo que tenía, te lo llevaste todo, hasta el alma mía.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS