
Le escribo, madre, para que la palabra pese. No podría ir allí y quedarme en silencio, con las piernas temblando… Si es que logran sostenerme.
Le escribo pues la sequedad de mi laringe no me permitiría hablar. Además, ¿para qué decir algo que se disolverá junto al hedor de flores viejas? #bocadillo
Por eso desde aquí, escribo con una mano temblorosa y el corazón en la otra. Ya sé, ¡casi que la escucho preguntar! ¿Qué corazón? Y no la culpo. Me fui en la noche oscura porque no podía soportar la despedida.
Pero sepa que tengo corazón, lo he tenido siempre, madre. No imagina cómo se me quería saltar del pecho cada pocos días, para venirse como rayo a su ternura.
Siempre me dolió dejarla sola, entre los maderos de ese rancho por donde el viento cuela polvo y las gotas de lluvia o rocío aguardan nuestros pies para amasar barro.
Es que debía irme. Mi furia me gritaba que debía hallar la forma de quitarla de la miseria. Ya no pude soportar ver su rostro triste conteniendo todas las lágrimas del mundo.
Me dolían sus esfuerzos cosiendo trapos viejos para vender en los tianguis. Los retornos de escasa venta… Su fuerza gastada… ¡Y yo sin saber cómo ayudarla!
Recuerde, madre, era casi un niño, y estos diez años que han pasado casi no me alcanzan para sentirme hombre. A usted se lo puedo decir sin vergüenza, ¿sabe? A nadie confesaría algo semejante, ni siquiera a ese cura de Comala que ofrece cielo, pero no da pan. #bocadillo
El tiempo pasaba en esta distancia de la desesperación y yo no veía la posibilidad de venir a buscarla… Entonces, casi al borde de las lágrimas, apretaba con fuerza los ojos para verla. Así la oía decirme, como tantas veces: “No te preocupes, chiquito, todo cambiará”. ¡Y hasta me parecía sentir sus manos agrietadas acariciando mis crines rebeldes! #bocadillo
Pues no me regresará la fortuna. Nada he logrado, madre, como usted ya bien sabe. Ha sido la crueldad del viento perverso de Comala la que me acercó la noticia funesta. Esa sensación horrible. Ese trago imposible de tragar. Esos ecos de angustia que me ordenaban: ¡Vuelve!
No la nombraban, madre, pero yo lo supe. Así como usted lo sabría si yo hubiese muerto. Cosas del alma… O del pobrerío, ¡qué sé yo! Porque estoy seguro de que los poderosos no palpitan a este ritmo. Veo que nada ni nadie les importa; desconocen la necesidad y el hambre.
Escribir estas palabras me permite, además, soñar en que nada malo le ha ocurrido. Que no es más que un loco desvarío de mi nostalgia. Que al llegar a su lado, verme en su mirada será como volver a estar en su regazo. Y juntos lloraremos y reiremos abrazados, madre, otra cosa no quisiera… #bocadillo
Pero si los susurros del viento no mienten, y estoy en este mundo más solo que nunca, entonces esconderé estas frases entre los terrones de su tumba. Bien abajito, para quedarme allí, con nuestras penas juntas, como siempre, todo el tiempo posible. #bocadillo
Cartas desde el polvo
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