A quien tenga el coraje de leerme —o a nadie—:
Me llamo Jacinta Villalba. Fui costurera cuando en Comala todavía se remendaban las camisas y no los recuerdos. Ahora sólo zurzo sombras. Las mías. Las de él.
Escribo con una vela corta que chisporrotea como si respirara. Cada vez que la llama se inclina, juro que alguien me sopla desde atrás. No me doy vuelta. Hace años aprendí que en este pueblo es mejor no comprobar ciertas presencias. Hay miradas que se clavan en la nuca como agujas gruesas, de esas que usaba para coser arpillera.
Esta carta es para vos, Amado. No sé si sos un muerto que no descansa o un recuerdo que se niega a pudrirse. Te fuiste una noche de tormenta, ¿te acordás? Dijiste que el aire estaba envenenado y que la tierra pedía sangre. Yo me reí. Qué zonza. A la mañana siguiente te hallaron en el zanjón, con los ojos abiertos, mirando algo que ninguno de nosotros pudo ver.
Desde entonces, esos ojos me buscan.
No exagero. Los siento en la oscuridad, fijos, húmedos, vigilantes. Cuando cierro los míos, los encuentro del otro lado, esperándome. A veces despierto con los párpados ardiendo, como si alguien hubiera intentado cosérmelos mientras dormía. Y escucho tu voz, bajita, pegada al oído: “Jacinta, no me dejés solo…”.
¿Solo? Acá nadie está solo. Las paredes respiran. El piso cruje bajo pasos que no pesan. Las gallinas cacarean a medianoche sin motivo y el aljibe devuelve un eco que no es el mío. Yo bajo el balde y el agua sube, pero turbia, espesa, como si arrastrara palabras ahogadas.
Te confieso algo, Amado, aunque me tilden de loca: creo que no fuiste el único que murió aquella noche. Algo más cayó con vos en el zanjón. Algo que ahora deambula, buscando un cuerpo tibio donde meterse. Y me eligió a mí.
Desde hace semanas me descubro hablando sola, pero no soy yo quien responde. Mi voz sale distinta, más grave, con un dejo de tierra en la garganta. Dice cosas que… que no recuerdo haber pensado. Dice que el pueblo tiene hambre. Que siempre la tuvo.
Anoche me miré en el espejo rajado del ropero. Mi reflejo tardó en imitarme. Te juro, por lo más sagrado, que tardó. Y cuando por fin sonrió, lo hizo antes que yo.
Si volvés —si es que nunca te fuiste— dejame en paz, por favor. No me pidas compañía en esa intemperie sin cielo. Ya bastante tengo con sentir tu sombra acostarse a mi lado, hundiendo el colchón como un peso invisible.
Dicen que el polvo todo lo cubre. Ajá. Ojalá también me cubra a mí, antes de que amanezca y descubra, con horror, que la que escribe esta carta no soy yo, sino aquello que aprendió a usar mis manos.
Y entonces, querido, ya no habrá nadie en Comala… que rece por nosotros.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS