La sed de los tendones

La sed de los tendones

Daniel Useche

25/02/2026

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Padre,

Le escribo con la mano que todavía me obedece, aunque los dedos se me han vuelto de puro aire y ceniza. Aquí en Comala, el tiempo no pasa; se amontona. Usted decía que el rencor es un animal vivo, pero se equivoca: el rencor es un músculo que nunca descansa, que se queda tieso y nos mantiene en pie cuando ya no queda sangre en las venas.

¿Se acuerda del camino a la Media Luna? Pues ya no hay camino. La tierra se tragó las huellas y ahora solo queda este vaho caliente que nos sube por los tobillos. Siento cómo se me van secando las articulaciones, cómo el calcio de mis huesos se vuelve polvo de camino y se me sale por los poros. Dicen que los muertos no sienten, pero mienten. Se siente el vacío donde antes estaba el corazón; un hueco que late por pura inercia, por puro compromiso con la desgracia.

Ayer me encontré con su recuerdo en la esquina de la iglesia. No era usted, era solo el ruido de sus botas contra las piedras, un eco que ya no tiene pies que lo carguen. Me dieron ganas de gritarle, de usar todos los músculos de la garganta para soltarle lo que le debía, pero la voz se me volvió terrón de azúcar en la boca.

Aquí todos somos una anatomía del olvido. Somos fibras de nervios pelados esperando que llueva, pero aquí no llueve agua, padre; aquí llueve silencio. Y el silencio pesa más que el plomo.

No me busque en la fosa. Búsqueme en el viento que levanta las faldas de las mujeres que ya no existen. Ahí sigo yo, estirando este cuerpo de sombra, tratando de recordar cómo era eso de moverse sin que la tierra te reclame la cuota de regreso.

Su hijo, el que todavía tiene memoria en los tendones.

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