Comala, 16 de agosto de 1955
Hijo mío,
Te escribo esta cartita, aunque no sé si el viento la llevará o si, como siempre, se quedará en el olvido, como tantas otras cosas que se van quedando en el aire de esta tierra. Aquí, tú sabes, entre el polvo y el sol que se mete en los ojos, me acuerdo de ti. ¿Te acuerdas de mí, hijo? Yo sí, y no sé si eso es lo que más me pesa. Que a lo mejor ya no te acuerdas.
A veces, cuando el solazo está tan fuerte que hasta el alma se quema, me da por pensar que fuiste un sueño, que nunca estuviste aquí, que me lo inventé todo. Porque tú, hijo mío, te fuiste sin decir nada, como el viento que se lleva las voces y no deja ni eco.
Y yo aquí, esperando… pensando que algún día ibas a regresar, que ibas a darme cuenta de que no te olvidaste de esta madre que te parió y te esperó como una eterna promesa.
Pero no, hijo, no. Y lo peor es que ya ni sé si te estoy esperando o si es solo el polvo el que me arrastra a seguir quedándome.
Comala sigue… igual, con su calor que te perfora la piel, con su silencio que ya no se rompe. La gente aquí te habla como si fueras otro, como si ya no fueras el hijo que prometió regresar. Te llaman y te olvidan, y yo, entre tanto polvo, sigo aquí, esperándote.
¿Sabías, hijo, que en esta tierra ni los muertos se van del todo? No, hijo, aquí las sombras se quedan. Y las voces, esas voces que nunca se callan, siguen hablándome de ti, de lo que hiciste y dejaste de hacer, de las promesas rotas que ni tú ni yo pudimos cumplir.
A veces me pregunto si me olvidaste, si ya no te interesa lo que quedó de mí. Tal vez piensas que ya nada vale la pena en esta tierra yerma, que ya ni las palabras tienen valor. Pero yo te digo que no, hijo.
Aquí, en el calor del mediodía, en las tardes que huelen a tierra mojada, yo sigo esperando. No me importa si nunca llegas, pero sigo mirando por la ventana, como siempre lo hice, creyendo que en cualquier momento vas a aparecer, que vas a caminar por este pueblo que no te quiere, pero que te pertenece como me perteneció a mí.
Si algún día decides venir, hijo mío, ven con los ojos que ya no tengo, con las manos que ya no tocan. No me importa si has olvidado tu promesa, solo ven.
Aunque ya todo esté perdido, aunque el olvido haya cubierto hasta tu nombre, ven. Porque, aunque el polvo me ha borrado, yo aún te espero.
Con todo lo que queda de mí,
tu MADRE, que nunca te olvidó.
Cartas desde el polvo
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