«No sé si algún día llegarás a leer esta carta. Lo más probable es que ni te acuerdes de que te he escrito algo. Pero no me sorprende, no eres de los que se giran para mirar atrás. Tengo una infinidad de preguntas. No se resolverán hasta que leas esto.
¿Cómo te ha tratado la vida?¿Has conseguido tener tu propio rancho? Seguro que sí, siempre lo has tenido en boca. ¿Qué me puedes decir de mamá y papá? Supongo que ya serás independiente, a veces resultan pesados sin parar de repetir, «tienes que ser un hombre».
¿Qué tal los del pueblo? Seguirán olvidando los días.
Sigo echando de menos al abuelo. Su voz va desapareciendo de mi memoria.
Ojalá tengas tu rancho con enormes ganados. Nunca pases hambre. Que acabes teniendo cinco varones fuertes y sanos. Una mujer que te cuide hasta el fin de tus días.
Escucho voces afuera, creo que me están esperando.
Firmado: De ti para ti.»
Comala, donde el polvo no se asienta y las voces siguen hablando.
Todo se inunda en un silencio sofocante, que se escucha el susurro seco de la madera vieja por toda la casa. Hasta las motas de polvo, flotando en un ligero rayo de luz, parecen emitir un breve rumor. Miles de cajas apiladas; asoma mi viejo sombrero descolorido que usaba para protegerme del pegajoso calor del mediodía. Huellas en las paredes marcadas por el devenir, el sudor y el roce de los muebles. El simple hecho de mirar por la ventana se siente como una fotografía eterna, insólita y reseca.
Monólogos internos surgen constantemente; cabe de esperar… siempre estoy ahí. Aunque ahora mismo las horas, días, meses o incluso los años apenas me inquietan; el tiempo ya no corre, se acumula como el polvo en la repisa.
Camino sin pasos por toda la casa, escudriño todas las esquinas, recreo miles de escenas. Aún huelo el humo denso del puro de mi abuelo. No quiero olvidarme de nada. Pero el momento cúspide llega en mi habitación: noches mirando a la nada, escuchando la eternidad. Me atraviesan los llantos a mi alrededor.
Apenado por la marcha que nunca pude terminar, observo constantemente esa fachada tan característica, mermada por los interminables veranos, pero con un resplandor interno lleno de memorias. Siento como si pudiera respirar este aire fosilizado. Me gustaría. Pero desde hace mucho tiempo ya no tengo capacidad para eso. Estoy condenado a padecer mis ingenuos recuerdos; me siento maldito en ellos. No paro de releer esa carta roída por su historia, que ni siquiera puedo tocar. Ahí permanece en esa caja harapienta, derretida en la inmensidad de una baldosa quebrada perdida en la sequedad.
Te respondo ahora lo que en vida nunca fui capaz, porque tonto de mí, nunca me llegué a acordar. Siempre tuve miedo a la soledad, que a diferencia de lo que escribí, fue lo único que llegué a lograr.
Escrito en las llanuras lejanas de Comala.
Firmado: Por mí y para mí.»

Cartas desde el polvo
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