
Llegué un día a un pueblo que no dejaba divisar la niebla, a entregar las cartas póstumas de mi abuela.
Al rato pasaba junto a mí una mujer brumosa.
¿Quién anda ahí? Busco la hostería de los Parra.
Lo siento querida, soy un pasajero problemático, como no esperaba quedarme en este pueblo abrumado por la niebla, decidí perder el control, conscientemente. Me suele suceder a menudo cuando viajo por lugares insospechados.
La mujer sin responder se evaporó entre aires grises.
Pero aún así siento que las miradas de personas ocultas me agreden desde profundas paredes y debo defenderme a patadas de sus asedios.
Antes he ido donde el siquiatra, aconsejado por mi madre. Ella, mi madre, una mujer funambulesca, me dice que ese trauma de ubicuidad lo heredé desde muy chico, cuando jugaba en el patio de la casa con muñecos de barro. Y desde entonces no he logrado superarlo. Mi difunta abuela, decía que era en mí, un don. Pero mi don resultó ser destructivo, incómodo para los demás y hasta para mí mismo.
El siquiatra me alentaba a que consiguiera una novia, que era más oportuno para mi edad, veinticuatro años cumplidos.
Mis novias anteriores no soportaron mucho mi agresividad fantasmal y mi mal humor, desde luego no iba alcanzar a organizar una relación sólida y pacífica con alguna de ellas.
Ahora que llego a este pueblo los recuerdos de mis novias son irrelevantes.
¿Quién anda ahí? Busco la hostería de los Parra. Ninguno de los rostros curiosos me contesta. Aunque las calles permanecen vacías, creo que mí sorpresiva presencia ha logrado el retraimiento hostil de otros habitantes que se molestan ante el frenesí viajero que me invade.
Como no puedo calmarme ni controlar mi ansiedad una sombra me esperaba en la próxima calle. Le explico a la sombra parapetada en un resquicio, que soy profesor de artes escénicas.
Debí haberme superado, albergaba la idea de ser una mueca, y no alcanzaba a reírme de mí, de lo tonto y permisivo que he sido.
Los habitantes del pueblo se ufanan de mí a escondidas, lo sospecho, suponen que no me percato, pero lo cierto es que percibo sus esencias acres merodeando, y escucho sus murmuraciones en el trasfondo de los callejones, intuyo sus actos malvados y viles, sus planes en mi contra. Estan al acecho, fustigando cualquier palabra nebulosa, impidiendo cualquier acto de salvación. ¿Quiénes son estas personas de todos los rincones del pueblo que emergen pálidas y lánguidas entre el polvo añoso de la memoria?, me pregunto algo afligido, pero también consternado ante la presencia de estos entes tosudos, irreverentes, sin Dios.
Cartas desde el polvo
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