RESURREXIT

RESURREXIT

Ed Caverníloco

27/02/2026

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un viejo DC6 de compañía boliviana, me trajo a su tierra hace cincuenta años. Cincuentiuno, para ser exacto.

Venía con mi hijito, cumpliéndole el sueño de conocer Disneylandia.

Llegaríamos a EEUU por carretera, desde el DF hasta Tijuana. Un recorrido de más de cuarenta horas.

Me aprovisioné, con agua, galletas, y leche chocolatada, alimento favorito de mi hijo.

Y partimos.

Llevábamos una jornada de trayecto, cuando el colectivo hizo una parada.

Ingresó al bus un oficial. Nos ordenó que permaneciéramos en los asientos y entregáramos nuestros documentos.

Descendió, y se dirigió a un pequeño y precario destacamento que exhibía, en el frente, el escudo de la policía mejicana y, flameante, la enseña tricolor.

Al regresar, devolvió sus documentos a cada uno de los pasajeros pero, frente a nosotros, señaló:

-Señor. Ustedes no tienen visa de tránsito…-

-Qué..?-

-Visa para transitar dentro del territorio mejicano, señor.

-Mire bien! Tengo la visa que me extendieron en el consulado de Buenos Aires…-

-Eso es para ingresar, señor…-

-Y, esta otra, dónde la obtengo?-

-En el consulado en Buenos Aires. Bueno… tal vez en el DF.-

-No me va a hacer regresar..!-

-No. Porque no puede transitar… señor.-

Me salió el argentino, y tomando un par de billetes que exhibí alevosamente, pregunté:

-Y, si le doy a usted el valor de la visa..?-

No se inmutó. –Nosotros no emitimos visas-, dijo. –Me temo que tendrá que bajar…-

Sin entender lo que pasaba, y menos porqué estaba obedeciendo, salimos del bus.

Cuando se disipó el polvo que levantó el colectivo al partir, pude ver cómo se iba perdiendo en el horizonte y, también, que el destacamento había desaparecido, con recto funcionario incluido.

Y ahí estaba yo, atónito, con mi hijito de cinco años aferrado a mi brazo, esperando despertar de esa absurda pesadilla.

A nuestro alrededor, puro desierto, soledad, y silencio.

Como de la nada, montado en una famélica mula, apareció un anciano lugareño.

-Dónde estamos?-, interrogué, a modo de saludo.

-Cerquita de Comala, señor… A un par de horitas a pasito de hombre…-

Finalmente, algo de civilización, pensé.

Montó al niño en la mula, y empezamos a caminar lentamente y sin abrir la boca.

Cuando llegamos a un lugar de casas de escenografía y maniquíes fingiendo pobladores… –esto es Comala-, indicó. Y agregó, sentenciosa e inútilmente, –no sé qué lo trae por acá, señor. Pero lo que sea que anda buscando, no va a encontrarlo, porque aquí, señor, ya no queda nada.

Y ahí estábamos. Rodeados de inexistencia. Y ahí permanecimos, mientras pasaban las páginas.

Sobreviviendo por su gracia, don Juan. Cincuenta años. Cincuentiuno, para ser exacto. en este limbo narrativo.

Nombrado, más nunca aparecido.

Ahora, basta! Creo que es tiempo.

Devuélvame a la realidad.

Desescríbame! Desescríbame!

Usted urdió esta insólita trama, y me metió en este universo fantástico, en este sueño eterno… Desescríbame, por favor!

Usted puede, don Juan..

Es todo.

Y, hasta tanto ponga punto final a esta historia, se despide de usted, quien, su capricho, hizo que se llamara Pedro.

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