Señor:
Le escribo desde este pueblito que no figura ya ni en los mapas ni en la memoria de Dios.
Aquí pues, el viento sopla caliente y trae voces, como si los muertos tuvieran saldo infinito para seguir llamándonos.
Yo soy uno de esos que se quedó, no por valiente sino por pendejo. Uno siempre cree que la tierra lo va a querer más que el hambre.
Comala está igual que siempre: seca, rajada, con las casas bostezando polvo. Pero ahora también se parece a esos pueblos de la televisión venezolana, donde la gente hace cola hasta para comprar silencio.
Aquí no hay CLAP ni bodegón que nos salve. Lo único que abunda es la habladera de los difuntos, que no pagan luz ni agua pero sí cobran recuerdos.
Usted me dirá que por qué no me voy. Que agarre mis corotos y arranque, que me vuelva uno de esos que cruzan ríos y desiertos buscando un chance. Pero uno también le tiene miedo a irse. No crea que es romanticismo; es pura costumbre.
Este pueblo lo amarra a uno como deuda en bolívares: mientras más tiempo pasa, menos vale, pero más pesa.
Anoche escuché a don Fulgencio decir que vio a Pedro caminar otra vez por la plaza. Yo no lo vi. Lo que sí vi fue la iglesia cerrada y al cura hablando solo, como si transmitiera por cadena nacional para un país de fantasmas.
Aquí pues todos prometen resurrecciones económicas, pero lo único que resucita es el polvo cuando pasa el viento.
La tierra ya no da maíz, ni ganas. Los muchachos se nos fueron. Los viejos nos quedamos contando historias como quien cuenta billetes viejos: sabiendo que no compran nada, pero igual los guarda por si acaso.
Comala es… es un país chiquito, señor, con su propio apagón eterno. Aquí la esperanza se fue a Perú y la fe está haciendo trámites en Chile.
No le escribo para que me rescate. Tampoco para que me mande dólares. Le escribo para que sepa que existimos, que respiramos este calor como quien fuma sin querer.
A veces pienso que estamos muertos y no nos han avisado. O que estamos vivos de terquedad, como esos venezolanos que siguen echándole bolas aunque el sueldo se les vuelva sal y agua.
Si alguna vez viene, no pregunte por mí. Pregunte por el silencio. Él le va a responder. Aquí el silencio es el único que nunca se va del país.
Sin más que esta polvareda,
Un habitante, uno más (o menos), de Comala.
Cartas desde el polvo
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