Árboles secos

Árboles secos

joel lozada

23/02/2026

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ÁRBOLES SECOS

Una tarde, una llameante forma,
por misterios del azar,
cruza el cielo.
Un cúmulo de interpretaciones
giran en la mente.

Agotada la provisión de agua;
vacías las alforjas del viaje.
Llegó el fin de una cabalgata
por leguas incontables.

Una tarde llameante
de formas misteriosas.

Así se forja el carácter,
así se abandonan por cualquier camino
nuestras partes.
Arrastrando lo importante.

Una tarde azarosa
de misterios que cruzan
el cielo de la mente.

Así se abandonan por cualquier camino
nuestras partes,
las que al dejar de estar
ahuecan nuestro tronco
y nos derrumban, aún en pie,
vacíos y expectantes.

Así es como se siente ser invisible, un fantasma, un desecho. ¿A quién acudirás buscando pan? ¿Quién reparará tus ventanas? Todo tu mundo se encuentra en Comala y Comala te ha desterrado. Solamente te queda vagar entre el polvo con un estigma en la frente.

Yo no podía escapar, mis pecados me encadenaban a mi pueblo. Más allá de Los Confines estaba el vacío, el olvido y el ostracismo.

“Es cosa horrenda caer de la gracia del Dios vivo. Renegar de Comala”. Eso predicaba el padre Rentería, y a eso le temía.
Los murmullos me gritaban:
“La indiferencia es la muestra de amor de quienes te aman, o te amaron. Un aliciente para que recapacites y vuelvas, pues Comala siempre espera con brazos abiertos al hijo pródigo”.
“Quienes te echaron, te aman; quienes hoy te repudian, mañana festejarán, con pandero y caramillo, tu regreso”.
“Aquellos que desean tu retorno, no pueden, aunque quieran con el alma, tenderte la mano. La carne de ellos se corrompería estando ellos sobre sus pies. Se secarían sus ojos dentro de sus cuencas, y la lengua se les pudriría en su boca. Mas, de hacerlo, si lograran el prodigio de asir un fantasma, no valorarías lo perdido, tu rebeldía se agrandaría y también ellos serían expulsados”.

Desde aquí les contemplé y les contemplo. No se puede culpar a nadie por tener miedo. Ya no era parte de ellos. Sin destino, ni esperanza, ni presente, o una herencia.
Desde aquí me compadecí de mí mismo. Quise volver a Comala, sin importar cuanto me habían humillado el día en que me echaron.
“Son prisioneros de su ridícula fe”. Me digo ahora. “Nada en ese pueblo cambia. Ni el calor, peor que el infierno, ni la realidad negada, que les hace dignos de lástima. Están muertos y no lo saben”. Pedro Páramo es su padre. Es padre de todos, aunque solamente Miguel sea su hijo amado, su profeta.
El cacique está muerto. Se ha desmoronado. Su cuerpo quiso liberarse, pero su espíritu esparcido, convirtió en Comala a todo el mundo.
¡Cuántas cosas ignoraba! Tuve que morir para los míos y renacer entre extraños. Tuve que aprender a gritar, a sentir frío; a tocar a una mujer tras otra, hasta diluir mi culpa. Hasta que mi llanto se secara. Aprender a vivir, y después, vivir para mí mismo.
¡Ay Comala, no me mereces!

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