Carta para Él

Carta para Él

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No sé donde estás.

Ni siquiera sé si estás en algún lugar.

Te escribo porque siento que no descansas. Porque te quedaste colgado entre lo que fuiste y lo que no terminaste. Porque tu nombre todavía duele cuando lo pronuncio.

La casa sigue teniendo tu sombra en los pasillos. El aire se espesa cuando alguien te nombra.

Te fuiste mal. Eso lo sabemos los dos.

Dejaste palabras sin decir y otras dichas como piedras. Miradas que cortaban más que el filo de cualquier cuchillo. Dejaste la mesa servida de rencores pequeños que nadie quiso levantar.

Te recuerdo en detalles mínimos. Tus manos fuertes en delicadas caricias. Tu manera de carraspear antes de hablar. Ese silencio tuyo que no era silencio sino distancia. Siempre había algo entre vos y el resto. Una pared fina, casi invisible, pero dura.

Si hay algo de vos pegado a estos muros, escuchá bien: no hay nada más que hacer acá. Las fotos juntaron polvo. Ya nadie te debe nada. Y si alguien te debía algo, el tiempo lo cobró con intereses.

Te aferrás porque creés que te olvidamos. No es eso. No descansás porque no supiste cerrar la puerta.

A veces pienso que la memoria no guarda lo importante, sino lo que dolió.

Una frase dicha sin pensar. Un portazo. No fue una tragedia. Solo un gesto torcido, una palabra mal puesta. Pero la memoria la repite como si allí hubiera ocurrido algo irreversible. Trae la certeza de que no supimos hablarnos sin herirnos. Trae la escena exacta de la última vez que cerraste la puerta. Yo dije algo. Vos no respondiste. Ese silencio fue peor que cualquier insulto.

Y ahora ese silencio pesa más que tu tumba.

Nadie te retiene. Es tu propia terquedad, esa que te acompañó en vida y no te deja en muerte.

Lo que hiciste, está hecho. Lo que no hiciste, ya no se puede.

Yo también cargo lo mío. También me equivoqué. También guardé palabras por orgullo. La culpa no grita. Se instala. No acusa con grandes discursos. Susurra: “Podrías haber hecho más”. “Podrías haber dicho lo que sentías”. Podrías haber escuchado sin juzgar”. “Podrías haber abrazado sin medir” Podrías. Podrías…

Pero sigo respirando. Sigo pagando el precio de lo que callé. No puedo volver atrás, pero puedo caminar distinto. Ese es mi trabajo. No el tuyo.

Tu trabajo, si todavía existe algo que pueda llamarse así, es irte.

Y si alguna parte tuya aún ronda por Comala, si todavía hay un resto de conciencia golpeando puertas que ya no abren, escuchá esto con la misma sequedad con la que viviste:

No vuelvas a pararte en el umbral. No vuelvas a sentarte en la silla vacía ni al borde de la cama donde nadie duerme tranquilo. No vuelvas a respirar este aire que ya no es tuyo.

El recuerdo pesa suficiente. No lo hagas más pesado quedándote.

Andate. No como quien huye, sino como quien por fin entiende que su tiempo en este sitio terminó.

Descansa… mi amor.

Yo

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