Me llamo Emiliano Madero Villa, soy un traidor. En estos momentos el sol arrecia. Es la hora en la que ladran más alto los perros, no sé si lo hacen por la sed que los asalta y les hace sacar tanto la lengua, o para recriminar a los habitantes de este lugar que son unos inconscientes, mala gente, derrochadora y malnacida. Son capaces de arruinar al prójimo sin ningún beneficio. Seguro que estos animales miserables son más sabios que cualquiera de los de aquí.
Envíe mi mensaje escrito a lápiz. No tenía tiempo ni papel decente para escribir como Dios manda. Le pedí un lápiz al tendero que me miró con desprecio: “Ten, muertodhambre. Algo habrás hecho para merecerte tus pulgas y calamidades”.
Empecé con una disculpa a la madre de Martín Duarte.
Señora Ana Hierro de Duarte. Le pido disculpas. Sé que no me va a perdonar, y no le suplico clemencia. Sus maldiciones harán lo suyo y por fin encontraré el descanso que merece mi alma. Soy quien traicionó a su hijo. Lo hice por cobardía, no tuve el valor suficiente para enfrentar el paredón. Me rajé y me tuve que comer el orgullo y la retahíla de palabras que había dicho al enrolarme con mi general. Lo respetaba, lo admiraba y estaba seguro de que moriría por el, pero, señora. Uno se cree valiente, piensa que la causa es la beldad a la que nos entregamos como ofrenda. Siempre cumplí con mi deber, ayudé a mis compañeros y puse mi pecho para recibir plomo ajeno, caray. No estaba destinado para ser héroe. Denuncié a su hijo y ahora le pido que queme este papel y que con él me vaya al mismísimo infierno.
EMV
Pensé que la confesión me liberaría de la desgracia, más no fue así. Pascual volvió, me encontró en la Plaza Municipal. Estaba allí con mi sombrero de paja, mi ropa ajada y mis huaraches agujereados, esperando la muerte que no llega nunca. Imploro todos los días y levanto la vista al cielo, pero no hay mensajes, al contrario. Se hace un silencio y todo se pone más azul, carajo, si no pido clemencia, ni ser indultado.
La gente me ignora. Los niños me golpean, me escupen y cuando estoy durmiendo me echan orines. Ah, me importa un carajo. Sé que lo perdí todo cuando los federales me arrestaron. Me envalentoné, pero ¿quién iba a decirlo? ¿quién podría haber adivinado que ese intrépido soldado se iba a quebrar? Me golpearon, sí. Con saña y con hierro. Me dejaron hecho un mequetrefe, y casi, logré morirme, estuve al borde de librarme, pero el maldito Portillo, ese puto coronel me aisló. Perdí la percepción del tiempo, me enfrenté a mis demonios.
Una noche empecé a gritar como loco. El carcelero abrió y el chorro de luz me empapó, me cegó y creyendo que por fin me iba al cielo, alcancé a oír mis palabras: “Duarte está en la sierra, cuídamelo, Señor…”.
Cartas desde el polvo
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