
Oscuro. Vacío. Indefenso. Nada. Hace dos años la humanidad fue atacada por una misteriosa enfermedad que se caracterizó por una fiebre intensa para culminar en una aterradora etapa de ceguera. Nadie podía explicarse lo que sucedía y los científicos más reconocidos estallaban en gritos al ser incapaces de encontrar una cura.
“La nada”, fue así como la llamaron. Sin afinidad a alguna característica en especial, no excluía a adultos ni jóvenes, cada ser humano que poblaba la tierra fue contaminado. El pánico creció de forma devastadora y miles de personas murieron al intentar aliviar su pérdida.
Nadie fue capaz de admirar nuevamente las gloriosas experiencias que sólo la vista otorgaba; como ver el cielo o tu color favorito en prendas de vestir, la belleza de una montaña, el rostro de un ser querido, tu propio cuerpo. Todo se había vuelto sombrío.
El mundo entero cambió.
Perder la vista fue una sensación escalofriante y deprimente. Durante los primeros meses pocos se atrevieron a salir de su casa y la delincuencia aumentó. Después se fueron encontrando formas para sobrevivir, el transporte motorizado cayó en desuso, surgió la invención de aparatos que suplantaban la esencialidad de la vista.
Con el tiempo la gente se adaptó a un nuevo estilo de vida; los demás sentidos, como el tacto y el oído, se amplificaron notoriamente a modo de respuesta. Era eso o morir. La búsqueda de una cura continuaba a nuestro derredor, tal vez, sin un ápice de éxito. ¿Cómo se puede arreglar algo que no se nos permite ver?
Traté de seguir adelante con lo que tenía hasta que un día, de forma sumamente espontánea, mi vista regresó. Fue un milagro que logró hacer caer ríos desde mis ojos. ¡Podía ver! Mis manos, los colores de la ciudad, las texturas de la calle y las sombras escondidas en cada esquina.
¡Podía ver! Pero cómo… ¿Por qué nada más yo? Las personas continuaban sumidas en la oscuridad, cegadas por la Nada. Antes de que pudiera sacar conclusiones, un enorme muro hecho de piedra finamente tallada, emergió desde las profundidades del suelo como si hubiera estado debajo de nosotros por mucho tiempo, y se plantó frente a mí.
De pronto, una frase escrita con letras negras y grandes se manifestó en la mitad del muro. El simple hecho de poder leer me cosquilleó el estómago, sin embargo, lo que ahí decía me revolvió los intestinos.
“No le digas a nadie que puedes ver”.
Aún sin comprender lo que sucedía, me acerqué cautelosamente hacia la roca para darme cuenta de que estaba cubierta por una delgada capa de cristal apenas perceptible. Cuando la toqué, un movimiento ondular se originó desde su centro y se fue expandiendo hasta crecer de tamaño.
Entonces, una mujer, rozando los treinta y tantos años, apareció junto a mí. Era morena de cabellos negros como la Nada. Tenía un semblante adusto y parecía mirar más allá de algo en concreto.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—Enhorabuena, ciudadano. Eres la nueva esperanza de salvación para la humanidad. Les hemos hecho creer que son los únicos sobrevivientes de la tierra, pero en realidad todo ha sido un experimento para comprobar si es posible eliminar el gen de la violencia. Tiempo atrás liberamos un compuesto que desintegraría este material genético con el efecto secundario de una ceguera. Solo aquellos que logran recuperar la vista, expelen por completo el compuesto, y con ello, la violencia. Bienvenido, ciudadano. Un nuevo mundo te espera.
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