– General Machaca-Huesos, aquí el comandante Puños de Oro, tenemos un problema. Los soldados de Villa-Naranja se han rebelado. Quieren hacerse con el control. Solicito refuerzos mi general– gritó con premura.

La salita estaba iluminada por el sol de media tarde. Los juguetes se encontraban desparramados por el suelo con un orden lógico para el muchacho, que en su papel de narrador, guiaba a las tropas sublevadas a combate.

– Me temo comandante, que los refuerzos no llegarán a tiempo. Las tropas más cercanas se encuentran a miles de millas de distancia. Tardarían casi tres días en llegar– vociferó con la voz más ronca que un niño de cinco años podía poner. Disfrutaba de los pocos momentos de privacidad que le esperaba. Sus padres ya le había dicho que ahora tenía que compartir su habitación con otra persona, dejarle sus juguetes a un desconocido y encima le tocaba ser el hermano mayor. Eso era lo peor, tenía que enseñarle todo lo que sabía y cuidarle como hacían los adultos. Él ya era muy mayor, sólo le faltaban tres meses para cumplir los seis años. Y en septiembre iría ya a primaria. Eso suponía jugar en el patio de los mayores, subir las escaleras a clase solo y llevar mochila de ruedas; pero él no quería un hermano pequeño. Estaba muy bien sólo. No entendía por qué le tocaba ser el mayor a él, en vez de a sus padres. ¡Eran ellos los que querían otro bebé!

– Capitán, estamos solos. Mi general me informa de que la ayuda no llegará a tiempo. Esta batalla se empieza y termina en casa. Ponga a punto todos los dispositivos, no permitiré que unos mocosos novatos…– el niño paró de pronto al oír un golpe en el piso de abajo. Estaba seguro de que había sido su madre, era la única que estaba en casa en ese momento, pero ¿y si había entrado alguien en casa? No. No era tiempo para ser un cobarde, tenía que defender su territorio, como haría el comandante. Bajó las escaleras sujetando con fuerza los barrotes de madera como si estos le transmitieran la fuerza y valentía que necesitaba.

En el salón no había nadie, pero podía oler los macarrones que su madre estaba preparando. Entró en la cocina y vio como ésta, estaba tumbada en el suelo en una posición un tanto extraña. ¿Por qué iba su madre a echarse un siesta en el suelo de la cocina?

– ¿Mamá?– la tocó con miedo. Su madre no respondía y el niño se impacientaba. Que iba a hacer él si su madre no le respondía. Miró el reloj del horno. Las doce y media del medio día. Su padre no llegaría hasta dentro de un par de horas- ¿Mamá? ¿Estás durmiendo?- le movió el brazo frenéticamente, pero la mujer no se inmutaba. Se puso nervioso. No sabía como ayudarla, pero algo le decía que tenía que hacerlo. Era todo muy raro, pero ¿qué hacía?

Se levantó cogió el teléfono con la intención de llamar a su padre, pero se dio cuenta que no se sabía su número de teléfono. Tampoco sabía el  de su abuela ni el de Marcos, su vecino y mejor amigo. Pero recordó algo, en la clase de tutoría de la señorita María le habían explicado que si ocurría una emergencia debían llamar al 112. Eran solo tres números y se acordaba, pero no sabía si la situación en cuestión era una emergencia o no. Los macarrones empezaban a oler a quemado ¿y si salía fuego? Eso sí que era una emergencia. Decidió llamar. No quería quedarse sin los macarrones de los viernes porque el fuego los quemara. Además él no sabía apagar fuegos, todavía no. Era algo que había dejado para cuando fuese mayor, pero mayor de verdad. Sería bombero y apagaría todos los fuegos de la ciudad.

–112, ¿cuál es su emergencia?– preguntó con voz telemática una mujer al otro lado del teléfono.

– Mi mamá se ha dormido en el suelo de la cocina y los macarrones se van a quemar. Va a salir fuego– dijo alarmado.

– ¿Mamá se ha desmayado?–preguntó.

– No lo sé, no me responde– dijo con miedo. ¿Desmayarse? ¿Eso era como morirse, no? No quería que mamá muriese.

– Vale cielo, no pasa nada. ¿Cómo te llamas?– quiso saber la asistente.

– Julio– respondió.

– Hola Julio, soy Teresa, voy ayudarte ¿vale? Juntos vamos hacer un super equipo de rescate. Dime Julio ¿mamá respira?– le preguntó.

– Sí. Pero no sé si el bebé respira– .

– ¿El bebé también está durmiendo en el suelo?– se interesó ella preocupada.

– Supongo– respondió dubitativo.

– ¿El bebé no llora?– se alarmó la teleoperadora.

– No, no le oigo– dijo el niño.

– ¿Puedes poner la mano en el pecho del bebé y ver si se mueve, cielo?– le apremió ella.

– No puedo, está dentro de la barriga de mamá. No le veo, pero es muy pequeño. El hermano mayor soy yo– dijo orgulloso por primera vez en los últimos meses.

– Oh cielo, tu hermanito está dentro de la barriga de mamá. ¿Ves si mamá está herida?–preguntó.

– No, sólo tiene un chichón en la cabeza– dijo el niño, algo más tranquilo.

– Julio, estoy enviando ayuda para que mamá se ponga buena ¿vale? Pero necesito que me digas dónde vives– La asistenta de emergencias había intentado localizar la llamada, pero el niño no había llamado desde un fijo, sino desde el móvil y le faltaba información y tiempo para triangular la llamada.

– Eh.. vivo.. vivimos… en Murcia ¿Sabes dónde está Murcia?– preguntó ingenuo.

– Sí, cariño. Pero necesito que me digas el nombre de tu calle ¿Lo sabes?– insistió ella.

– No, pero mi casa es blanca y tiene la puerta de color roja y mi vecino se llama Marcos, su puerta es verde– dijo acordándose de esos detalles cotidianos que en los en momentos de importantes olvidas.

El niño vio que algo iba mal y se alarmó.

– Mamá se está haciendo pipí encima– soltó asustado viendo un líquido acuoso correr por las piernas de su madre.

– ¿Se está haciendo pipí? ¿Hay sangre?– preguntó con pavor Teresa.

– No. Pero…mamá se está moviendo, ¡se está moviendo! ¡se ha despertado!– gritó aliviado.

– Mmmmnn… msnaa Jul…Julio– intentó decir su madre con la voz pastosa.

– Mamá, estoy aquí, he llamado a Teresa del 112 como me dijo la señora María, es muy simpática, me ha dicho que viene ayuda ¿Necesitas ayuda?– preguntó para asegurarse el niño. Todavía no sabía si lo que sucedía era realmente importante o no. Para él, sólo era raro. ¿Por qué se va hacer pipí mamá? Si ella es una madre. Las madres no se hacen pipí encima.

– Julio, ¿está mamá despierta? ¿Puede hablar?–.

– Sí, espera– dijo contento. Menos mal que mamá se había despertado. Ella sabría lo que tenía que hacer. Le pasó el teléfono y su madre respondió.

– Hola, creo…creo que he roto aguas. Me he mareado y… me he caído al … al suelo. No puedo levan…estoy muy mare..mareada– le informó.

– Hola señora, soy Teresa, su hijo Julio ha sido muy valiente, la ayuda está en camino. Necesito que ponga el manos libres para escucharos a los dos–  le pidió la mujer.

La madre de Julio hizo lo que le pidió y Teresa volvió a preguntar.

– Necesito que me confirméis la calle donde vivís– volvió a preguntar la asistenta de emergencias.

– Calle… Vic..Victorio Márquez– tartamudeó la mujer.

– ¡Los veo!– gritó Julio desde la ventana- pero están entrando en la casa de Marcos, ¡se están equivocando!- dijo preocupado.

– Vale Julio, necesito que salgas a la puerta y les grites que eres tú, que necesitas ayuda para tu mamá–.

El niño hizo lo que la mujer le pidió y vociferó a todo pulmón:

– ¡AQUUUÍ! ¡AQUUUÍ! MI MADRE SE HA DESMAYADO, AYUDAAA–.

Los sanitarios, cruzaron la acera y se metieron en la vivienda.

– Hola señora, soy Javier López y este es mi compañero Miguel Kirós, no se preocupe que está en buenas manos– le tranquilizó el sanitario.

– Teresa, ya han venido– le informó Julio.

– Muy bien, cielo. Eres todo un héroe, vas a ser el mejor hermano mayor del mundo. Ya verás. Ahora haz todo lo que te digas los señores ¿vale?– le felicitó la operadora.

Él, muy contento de su hazaña, pero sin saber realmente, que tan valiente había sido, sonrió satisfecho y le dijo que sí a la mujer. Quizás no era tan malo compartir la habitación con su hermano pequeño, le podía enseñar cómo ser un héroe. Eso sí que sabía hacerlo.

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