Caminata por caminar.

Caminata por caminar.

Yo tenía entonces 14 años, mis padres se habían separado un año antes. De mis hermanos, era el único que mantenía contacto y encuentros con mi padre. Un buen día viene a casa y me hace la invitación:

– Vamos a pasear a Atlántida? (balneario de la Costa de Oro uruguaya situado a 50 kilómetros de Montevideo).

En tanto que siempre me gustaron los paseos, no me negué a la invitación, menos si venía de mi padre.

Ascendimos al bus que no llevaría al destino, pero cual sería mi sorpresa, que al llegar al Puente Carrasco, límite departamental de la capital con el departamento de Canelones, mi padre me dice:

– Vamos bajemos acá. Vamos a caminar por la costa.

Luego de caminar 5 km, nos detuvimos en Solymar y detrás de los médanos, encendimos una fogata sobre la que, ensartados en fierros parrilleros, se doraron dos pares de chorizos que sirvieron de sustento alimenticio a los improvisados caminantes. Luego de ese almuerzo costero, la modorra comenzó a hacer sus efectos y los viajantes decidieron darse una siestita.

Tendidos sobre la alfombra amarilla del médano, los despertó un temblor. Se sentía como el pasaje de un ganado al galope. Corrieron asustados a la cima del médano y como acto reflejo se tiraron al suelo. Un helicóptero del ejército estaba haciendo maniobras pasando a vuelo rasante por la costa, haciendo que sus aspas en movimiento pasaran por encima de las cabezas de padre e hijo.

Media hora después ya estaban en marcha nuevamente hacia el este. Cual era la conversación que entablaron padre e hijo, ya no concurre a mi memoria, sí recuerdo que sentía el cansancio de la caminata, y cuando esto ocurre ahorro aliento con el silencio. Para el colmo de males, tuvimos que abandonar el camino directo hacia nuestro objetivo, porque al llegar al arroyo Pando, debimos sortear su infranqueable desembocadura, desviándonos 3 kilómetros hacia la ruta y atravesar la corriente fluvial sobre su puente, y luego de un camino en diagonal volver a la ruta. En ese punto comencé a sentir un repentino dolor de muelas, posiblemente producto a la ingestión de dulce de membrillo que había hecho antes de atravesar el puente, a modo de merienda. Mi padre me asistió haciéndome ingerir abundante cantidad de agua fría para que haciendo buches lavara la zona del dolor disminuyéndolo.

Así, 3 horas después llegaron a su destino esta familiar pareja de padre e hijo, al coqueto balneario del departamento de Canelones, Atlántida. Reconocible desde la costa por la imagen del refugio «El águila» y los muelles contenedores de su playa. No se quedaron en la playa, una posibilidad que esperaba ocurriera. Entramos en la ciudad balnearia, y tampoco paseamos por ella, como también pensé que ocurriría. Mi padre me guió hacia la terminal de buses.

– Bien ya hicimos el paseo, ahora regresemos.

Entre perplejidad y cansancio, mis pasos ascendieron resignadamente por la escalerilla del bus que nos llevaría de regreso a casa.

FIN.

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