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Cuando el médico llegó al pueblo, observó que la pequeña y húmeda sala que le habían habilitado ya estaba llena a rebosar.

Solo tuvo tiempo de quitarse el sombrero, colocar en el perchero el gabán lleno de polvo del camino y su sacar su nuevo maletín.

Sabía de antemano que su primer destino era un pueblo pobre, pero aún así se sorprendió de como el invierno se había cebado en las manos de aquellas mujeres, manos rojas, agrietadas y con pústulas abiertas en el dorso.

Las mujeres. Con mucho cuidado les limpió las heridas, les aplicó crema y les vendó aquellas manos, aunque, al día siguiente, se quitarían las vendas para romper el hielo de la fuente y lavar la ropa de los señores con sosa cáustica, que ellos les proporcionaban, mucho más barata y más dañina que el jabón.

Algunas llegaban con al menos un niño de pecho, como un milagro que no estaba destinado a ocurrir, y a las que solo podía ayudar con ampollas de vitaminas.

Ninguna de ellas tenía dinero con que pagarle las medicinas, a cambio se ofrecían a que les tocara  la medalla, apresada entre unos pechos flácidos, y las más jóvenes se desabrochaban los primeros botones de sus camisas, raídas pero limpias, dejando ver el inicio de unos pechos implacables al hambre, entre los que ondeaba también la medalla con la imagen de la virgen.

El médico estaba mucho más asustado que ellas cuando repetían este ritual y les pedía que se tapasen.

Tiempo después se enteraría, que eso que le ofrecían, no era sino lo mismo que les pedía el párroco cuando iban a confesar.

Los hombres. Los pocos hombres que quedaban en el pueblo eran ancianos, con más dolor en el alma que en los huesos, que arrastraban unos sacos de esparto llenos de leña, para que les aliviara la tos. Aquella tos que tenía tan mala sangre que por las noches les arañaba el pecho como bestias salvajes.

Él les animaba a que dejasen el tabaco de picadura, ellos sonreían por su ingenuidad, no sabía que su vida le  importaba más a él  que a ellos, que estaban viviendo de sobra.

A veces hablaban en la sala entre susurros, del “mañas”, del “rapao” o de Manuel “el del cine” que seguían en las montañas, y de la suerte que correría “el cencerro” que bajaba todas las semanas a hacer el amor a su mujer.

Los niños, Ellos esperaban hasta el final.

 Acurrucados en una esquina estaban cinco hermanos, de ojos de belleza insoportable, que contrastaban con unos cuerpos desmadejados, como si les hubieran cortado los hilos que los sostenían a la vida.

Era absurdo decirles como debían alimentarse, así que repartió más vitaminas, los auscultó y les hizo unos análisis básicos.

Se ofrecieron a pagarles haciendo recados, ya que ellos no tenían nada que ofrecer.

Cuando tuvo los análisis los observó detenidamente y comprobó que a pesar de los niveles tan bajos de hierro y leucocitos, tenían los de calcio extremadamente altos.

Llamó desde el único teléfono del pueblo a varios de sus colegas de estudios, aunque no le dieron solución alguna, a menos que el agua del pueblo fuera muy rico en calcio, aunque en ese caso, también lo tendrían los demás habitantes, no solo los niños.

El día que lo descubrió hubiese preferido no saberlo.

En las casas de detrás de la iglesia, un estúpido día de verano, dos madres estaban obligando a sus hijos a chupar la cal de las paredes.

FIN

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(Esto o algo muy similar, ocurrió con los médicos rurales seguramente en toda España, pero con toda seguridad en un pequeño pueblo lindando con Portugal.)

 

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