Querida mamá:

                      No pude irme. Hace años que te sigo despidiendo. Escribiendo. 

Nombrándote. El tiempo no pasa.

                      Estás durmiendo la siesta. Son las cinco de la tarde. Con mis

hermanas, la Seca y la Polaca, jugamos en la vereda de la casa de la abuela.

Sé que estás ahí adentro. Colocaron rejas en la ventana.

                      ¿Por qué no querés despertar, mamá? El tío levanta tu brazo

para tomarte el pulso. Tengo ocho años. Estoy mirando desde detrás del sillón. 

Es la habitación en la casa de la abuela (1). Desde Ciudadela, adonde 

repentinamente abandonamos nuestros juguetes y debimos emigrar al mundo 

de la enfermedad interminable.

                      Ese lugar es donde trascurre mi vida entera. Desde los ocho 

te pregunto: Mamá, ¿ya vas despertando?

                      Con la Franca, una de las hijas de los italianos de enfrente,

seguimos jugando a la rayuela. Nos convertimos en estatuas -corriendo con

Norma y sus hermanos de Tucumán- en ese juego donde una de nosotras grita:

¡Ya! Y somos estatuas.

                       Qué casualidad, así veo hoy, quieta, asomada desde detrás

del sillón, las escena donde el tío Choli solloza y deja caer tu mano porque 

te iba a tomar la presión pero el brazo estaba fláccido. La abuela acaba

de entrar y deja a un lado, inservible, la bandeja del mate de las cinco de la

tarde.

                       Sigo igual: atiendo chicos en un hospital. Sus padres y madres

miran para otro lado. Ellos juegan inmersos en sufrimientos enormes. Yo

acepto hacerles tratamientos y continúo viendo en cada uno de ellos ese dolor

idéntico.

                         Mamá ¿estás bien? Te pronuncio encerrada en el baño.

¿Cómo iba a hacer para no mencionarte el resto de mi vida?

                         Las noches de verano con Norma corremos y cantamos

boleros de la revista «El alma que canta». Saltamos a la soga. La abuela con su

rodete sentada en la vereda al viento del verano. Nos mira. Vuela un mechón

de su pelo y escucha: «A mi manera». Nos escondíamos para encontrarnos 

con las miradas. Mamá, mirame cómo juego.

                          Saltando a la soga con la Nené y el Pirincho, leo sobre la

pared de la esquina en la calle Aizpurúa: Yourself.

                          ¿Me escribiste un mensaje a descifrar?

(1) AIZPURÚA 3193 – VILLA URQUIZA- C.A.B.A. – ARGENTINA.Imagen_1097.jpg;line-height: 1.5em;Imagen_1051.jpgImagen_1019.jpgImagen_1010.jpg 

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